5 nov. 2013

Ponencia para el VII Encuentro de Escritores Vuelven los Comuneros

Hace varios años, antes del Mundial de Corea-Japón, asistí como relator al Encuentro de Escritores por la Paz de Caicedonia. Varias figuras de la literatura nacional a quienes no mencionaré ahora estuvieron en esa bella población. Fuimos a colegios, hablamos con estudiantes y vecinos sobre la injusticia social, el sinsentido de la guerra y, por supuesto, la paz. Se redactó un documento altisonante con muchas esdrújulas y por la noche, para celebrar nuestro aporte a la conciliación nacional, nos tomamos unas cervezas entre anécdotas, citas imaginarias y carcajadas. Curiosamente, esa misma noche hubo un concierto de un cantante de música de carrilera al que tampoco voy a mencionar y algunas personas del pueblo también decidieron tomarse unos tragos ante sus desafinadas canciones. Para no alargar la historia, esa noche en el parque algunos de nosotros hablábamos de literatura cuando escuchamos lo que parecía pólvora y en realidad eran disparos. Al otro día supimos que mientras nosotros disertábamos sobre las letras y la paz, un par de parroquianos se habían agarrado a golpes y balazos. Uno de ellos murió. Un lector menos.
     Parecerá cursi, pero durante todo el viaje de regreso, mientras paliaba el guayabo con una cerveza en lata, estuve pensando en la contradicción de esa noche. De qué sirvieron tantas palabras dichas, tantos aplausos, tantos autógrafos firmados a niños que por un momento pensaron seriamente que podrían ser escritores, si a pocas horas la realidad nos devolvía a nuestro país de asesinatos? Los amigos malsanos que tengo siempre me han molestado por mis libros, porque me invento pendejadas que no interesan a nadie o porque estoy convencido, como quijote rockero, de que las letras que escribo sobrevivirán al tiempo y moverán conciencias en un futuro. Pero eso es lo que hacemos los escritores, no? Nos dejamos llevar por nuestra vocación de casandras y le gritamos al mundo toda su porquería, pero no nos hacen caso. Al final, terminamos en eventos como éste, celebrando nuestras letras, aplaudiéndonos entre nosotros mismos, recitando versos de hace cien años y brindando por autores que ya murieron.
     Pero, para equilibrar, también tengo una anécdota positiva. Hace apenas un par de meses recibí un correo electrónico de una señora que se identificó como profesora de un colegio al que, según ella, yo había visitado en alguna de las innumerables programaciones culturales a las que me llevado mi carrera como novelista. Me contó que uno de sus estudiantes recién egresados acababa de obtener un premio nacional de poesía y que al llevarlo al colegio como uno de sus alumnos ilustres mencionó que una de las cosas que lo había motivado a escribir había sido la visita del autor Oscar Perdomo Gamboa. Es decir, yo.
     Aunque sé que la anécdota puede parecer sólo un chispazo de narcisismo, en realidad la traigo a colación porque ese muchacho que decidió escribir poemas en lugar de integrarse a una pandilla o desfalcar al estado es la paz de la que hablamos en este encuentro de escritores, la misma que se discutió en Caicedonia mientras Pastrana y las FARC se mentían mutuamente, la misma que hoy anhelan tantos compatriotas pero de la que tanto desconfían, la misma que algunos politicastros usan como discurso de campaña. Y también es la paz que otros aborrecen con el alma, otros con poder para movilizar hombres a sus muertes o para desaparecer los dineros que garantizarían esa paz.
     Recuerdo otra anécdota en un colegio de Ibagué. Antes de la charla con amigos escritores y estudiantes, vi dos muchachas sentadas en el patio del recreo. Mientras rodaban balones y los gritos se multiplicaban, una de ellas le leía a la otra, que estaba recostada en su regazo, las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Ahí, pensé en ese momento, está la paz. En dos niñas que se sumergen en la fantasía y el arte. Una vieja campaña gubernamental decía que el hombre que empuña un azadón nunca empuñará un fusil. Curiosamente, luego hubo una equivalente que rezaba que el niño que juega fútbol no participará en una guerra. Como cada quién tira para su lado, me atreveré a hacer mi propio eslogan: el muchacho que lee, que vive con el arte, que entiende la profundidad de las letras, que es capaz de entrever el alma humana a través de unos trazos de tinta; no podrá arrebatar esa fuerza vital de sus semejantes en un futuro. De acuerdo, de pronto es un poco largo para un eslogan, pero es más o menos lo que todos pensamos.
     Desde luego, excepto los colegas aquí reunidos, probablemente la gran mayoría de personas estarán en desacuerdo conmigo. La paz no se obtiene simplemente leyendo libros, sobre todo con lo caros que están. Ni siquiera se conseguiría si los grupos armados, legales e ilegales, entregaran sus armas. Es evidente que el problema tiene un trasfondo mucho más complicado. Aquí entra la injusticia social, la falta de servicios básicos, salud y educación, etc. Pero eso también es tan obvio como que es mejor leer un libro que ver un reality. De hecho, inevitablemente hemos caído en el eterno círculo vicioso de los derechos y deberes de los ciudadanos, la paradoja en la que la gente no reclama una buena educación porque no ha recibido una buena educación. Así, no podremos tener paz.
     Me hallo entonces, como probablemente todos aquí, en esa encrucijada. Entre la esperanza ilusa de que los jóvenes que hoy lean nuestros libros entiendan el valor de la paz y la vida humana y forjen un nuevo país, y la realidad que diariamente nos arrojan nuestros líderes y conciudadanos. Pero, como lo dije al principio, los escritores somos quijotes y casandras, referentes literarios, como corresponde. Por eso estamos aquí, porque en el fondo de nuestras almas oscuras, de nuestra egolatría y nuestro narcisismo, tenemos la ilusión de que las letras muevan las mentes, escriban la historia, cambien el mundo. Y, claro, también queremos tomarnos las cervezas, celebrar las citas de poetas griegos y regodearnos en nuestro intelecto. Pero eso es después, ahora queremos mantener viva la posibilidad de que esa paz se dé a través de los libros, de los azadones o del fútbol, de lo que sea, pero que aprendamos a vivir sin despojar al vecino, sin elegir a los matarifes, sin celebrar a los asesinos, sin rezarle a los mentirosos, sin matarnos entre nosotros mismos, y que podamos pasar nuestras tardes de ocio leyendo a Lewis Carrol en el regazo de una muchacha.

1 comentario:

  1. Bien por este documento que retrata con honestidad y transparencia esto del oficio de escribir y las reflexiones que suscita. Me corresponde un pedacito, porque fuí yo la maestra que menciona Perdomo lo invitó al colegio un día del idioma a compartir con los estudiantes sobre la experiencia de escribir; efectivamente tenemos hoy egresado que entre sus detonantes para vencer el miedo de escribir refiere el encuentro con el escritor Oscar Perdomo. Creo que es hora también de reconocer públicamente que no es facil que un escritor atienda este tipo de solicitudes de una maestra, porque como lo dice él, algunos pueden estar mas atentos a otro tipo de espacios. ¡En hora buena un escritor como Oscar!.

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