13 oct. 2011

Cero. Algún lugar del tiempo y el espacio


El siguiente texto es la introducción de mi libro Ella, mi Sueño y el Mar.

Sol y nubes amarillas. Y viento, y hojas, y sabor de mantícora trasnochada. Flama de quimeras, de avatares, de trasgos; de brujas sin plumas, de cerdos al vuelo, de aromas calcinantes y ebrios. El asfalto seco, las botas que no llevo, las escalas, como las de Zepellin o las de Cortázar. Y arriba, al borde del abismo, pandemonium. El averno de los jugadores. Caldo hirviente de histerias y celos colectivos. Las viejas sonrisas concentradas, los libros no leídos, las criaturas de la mitología comercial. Yo camino, como Ulises entrando al Hades, entre los espectros que no pueden tocarme. Entre las huellas de los elfos y el fuego de los dragones. Dos manos, un saludo, una carta que no tengo. La misma rutina magnética. Empantanado, regreso donde el vapor de malta no me alcance, donde mis poros puedan beber hollín fresco. Y escucho una voz de sirena no mítica, no cartográfica, no inválida. Hay un eco, lejano como todo lo que nunca tuve, una vieja fotografía en blanco y negro. Una tez sonrojada, una oleada negra, algo que soplaba en mi nuca, y la voz argentada que insiste en mi memoria. Golpea contra mis olvidadizas rocas como marea atormentada, una y otra vez, hasta que los recuerdos salpican mi rostro. La conozco en una maraña universitaria con mi emperatriz rusa. Con una revista negra y una deidad en el cielo. Y hablo. Qué otra cosa me queda salvo el lenguaje? Barajo mis penas e invento historias con la facilidad de un niño con muchos juguetes. Rueda Tolkien, rueda Garrincha, rueda Luthor. Rueda el mundo en un torbellino cuyo centro soy yo, y la sirena, y una mirada verde, intermitente como silbido de estrella. Entonces la veo, agazapada como un hobbit, titilante cual tesoro escondido. Ceñida de noche y esmeralda; de bandera africana, de fruto trapecista, de paisaje en invierno. Algo adivino entre líneas, pero mis cejas, llenas de divinidad y trajín, están sedientas a pesar de tanta magia azul. Me diluyo entre las luces, los dibujos y las propias palabras incautas, dichas al azar, como corresponde a un juego de cartas. Después, mucho después, cuando mi pasado ha tenido tiempo de atormentarme, me reflejo en sus ojos verdeamarillo, como la selección Brasil. Unos ojos sin memoria, pero con fulgor de diosa. Su cantar me envuelve en tiras palindrómicas. Imagino su piel y las caricias que ha olvidado. Besos en el pasado ignoto. Sentimientos ahogados en un agujero negro inescrutable. El olvido, esa paradoja, abrazando su torso de mármol. Entonces la miro de nuevo, deslumbrado por su unicidad. La supongo personaje de cuento, de fábula, de cómic. La pienso en un laberinto arrugado, libre de cadenas y perseguida por ellas. Imagino su pluma, sus párrafos, su historia impresa, cual leyenda. La veo tan especial como es, como fue, como será aunque no lo recuerde. Entonces concibo el terrible momento en que me olvide, en que mi ropa azul se disuelva con el sopor taciturno y el olor a pan. Me niego a languidecer en esa hermosa pero fría fosa común. Me pregunto si seré parte de sus letras algún día. Así que le propongo un juego, una apuesta sorda. Cambiar letras por letras, versos por sueños, canciones mal entonadas por un suspiro al momento del olvido, esa otra muerte. No sé si me convierta en trino, en huella de lápiz o en sombra sin rostro, como soy ahora; pero sé que guardaré en mi recuerdo su mirada, su eterna mirada, para entregársela de nuevo el día en que definitivamente me olvide y que podamos mirarnos como dos desconocidos... otra vez.

1 comentario:

  1. Ahora que ya le leí solo me queda una gran pregunta por hacerte....

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