2 sept. 2011

País antideportivo

He visto la escena tantas veces que ya parece caricatura. Un joven o una muchacha de rostro y expresión humildes, con sonrisa tímida y un traje que parece prestado, recibe de manos de algún presidente o alcalde una condecoración. El gobernante hace un breve discurso con las palabras "orgullo", "patria"  y "ejemplo" mientras a sus espaldas se regodean unos dirigentes deportivos que no caben en las ropas, no por su alegría sino por su sobrepeso. Al final, al joven o la muchacha le entregan una placa que acumulará polvo en un cajón y la promesa de una casa que, con algo de suerte, le entregarán en algún barrio que no aparece en los mapas.
     La situación del deportista colombiano es triste. La clase dirigente no se dedica al deporte, a no ser que se trate del polo, el automovilismo o el tenis, actividades más relacionadas con la lúdica que con la competencia. Pero los boxeadores, los atletas e, incluso, los futbolistas salen de la enorme cantera de pobreza. Y ellos tienen que luchar y entrenar en contra de las decisiones políticas que prefieren comprar votos y robar tierras y recursos antes que invertir en una de las actividades que alejan a la juventud de las drogas y la violencia. La historia arriba narrada casi siempre tiene un preámbulo predecible: una madre pobre que lava ajeno o hace arepas en la esquina para sostener la casa; un infante noble y talentoso que camina decenas de cuadras para ir a entrenar porque no tiene para el bus; sacrificios, rifas y súplicas ante la empresa privada para comprar equipos y asistir a algún evento internacional; la indiferencia absoluta de los medios y la clase dirigente hasta el glorioso momento en que gane una medalla.
     Entonces todo cambia. Por arte de magia, nuestro anónimo deportista se convierte en orgullo patrio; aparecen los politiqueros oportunistas a robar pantalla y elogios a su lado, diciendo que siempre lo apoyaron y contando mentalmente los votos que representa; los buitres de la información vuelan en círculos sobre su casa y su barrio, y se solazan con el color local, las tórridas anécdotas de pobreza y superación y el rating amarillista que venderá más publicidad; el presidente o gobernador hará una magnífica ceremonia con himno nacional y coctel elegante en el que el deportista se sentirá como mosca en leche y en el que será consagrado como ejemplo para la juventud. Ni siquiera se le dejará hablar.
     Y una semana después regresará a la miseria de donde vino, a buscar sus triunfos con sus uñas. Los politiqueros que prometieron (como lo han hecho siempre) apoyo al deporte se irán a mentir en otros escenarios, los medios buscarán una nueva chiva o chivo (expiatorio), el gobernante irá con su cinismo a engañar a otro pueblo y delegará en una larguísima cadena de mando la famosa casa, que junto a las ayudas del invierno y la entrega de tierras a desplazados, quizá se pierda para siempre en el laberinto corrupto-burocrático que define a éste país.
     Y el noble deportista que con el único esfuerzo de su familia le regaló una medalla a la nación? Sepultado por el olvido y por la corrupción de nuestra clase dirigente, como desde antes de que naciera. Porque en este remedo de país, si usted es pobre, la única manera de conseguir una casa honradamente es ganar una medalla olímpica.

4 comentarios:

  1. Me recuerda cuando la rata de Abadia salio en esos afiches con los deportistas asta mas grandote que ellos. Asi son los politicos de este pais hipocritas y mentirosos con el pueblo que se traga todo

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  2. Interesante, pero hay que apoyar mas al deporte. Malditos politicos
    saludos
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  3. Apátrida!!! digo... tenías toda la razón

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