15 sept. 2009

Live! Crónica de un concierto de Michael Jackson

Enero 31 de 1970, los Jackson Five alcanzan el No.1 con “I Want You Back”. Diciembre 24 de 1982, mis padres me compran el álbum “Thriller”. Agosto 10 de 1997, tras años de soñar con una utopía, estoy a punto de asistir a un concierto de Michael Jackson.
     Es simple, por Alemania pasan centenares de artistas importantes anualmente. En Colombia sólo podría escuchar a Darío Gómez, el Charrito Negro o el Burro Mocho. La superestrella más grande del mundo no se presentará nunca en mi país. Ahora, en tierra germana, tengo la increíble oportunidad de humillar de por vida a mis paisanos. La entrada me costó los marcos reservados para los regalos de mi familia. Patrick, el amigo que me hospeda, accede a conducir treinta minutos para llevarme a la ciudad desde donde parte el bus turístico que recorrerá las tres horas hasta el autódromo de Hockenheimring, palabra que no soy capaz de pronunciar, pero que está impresa en el tiquete que pienso mandar a enmarcar apenas regrese a mi humilde patria.
     Patrick me recomienda a la organizadora del viaje. Me siento como un niño chiquito al que mandan en avión de la mano de la azafata, pero no me quejo. No me conviene quedar desprotegido, sin saber alemán, entre ochenta mil personas. Sonrío de manera estúpida a mi tutora que ni siquiera masculla el poco inglés que yo hablo. Debo verme ridículo. Patrick se burla y me abandona a mi suerte. A la madrugada, cuando el bus nos deje de nuevo en este punto, debo llamarlo desde un teléfono público y soportar los treinta minutos de espera y los insultos en alemán por despertarlo para que me recoja. No importa, estoy demasiado excitado con el concierto. Recuerdo mi adolescencia marcada con esos pegajosos ritmos, las películas llenas de efectos especiales, los imposibles pasos de danza, mis amigos perdidos en la década pasada, dulce nostalgia que se quemará con un deseo cumplido. Cuando empiezo a pensar que me sentiré muy sólo durante las tres horas de viaje, la guía me arrastra del brazo y me presenta a un par de quinceañeras pálidas y de ojos claros, las únicas menores de edad del paseo. Aunque parezco de diecisiete años estoy bastante más viejo y no me emociona que me encarten con niñitas. Una de ellas habla inglés, al menos no me aburriré tanto. La guía nos hace abordar el bus y siento un pequeño malestar al tener que cargar con ellas. Luego me doy cuenta de que el encarte soy yo, el indio que no habla alemán y se perdió en la catedral de Colonia. Las jovencitas serán las únicas que me sacarán sano y salvo de la multitud. Mientras el motor se enciende, decido convertirme en el más amable de los latinoamericanos. La hipocresía sale cara. La alemanita angloparlante no hace sino hablar de su club de fans. Ni en mi más inmadura juventud me hubiera inscrito en un circo de esos, a no ser que fuera de Baudelaire. Me distraigo mirando mi tiquete. Fahrerlarger, Durchführung, Stehplatz y la inverosímil Geschaftsbedingungen. Caray, veinte letras y no entiendo ni media. Prefiero aguantarme la perorata de la muchachita.
     Finalmente llegamos al autódromo. Está situado en un pueblito del que nunca supe el nombre. El bus se estaciona en un parque y la organizadora nos indica que hay que caminar varias concurridas cuadras para llegar al concierto. Yo no me desprendo de las niñas, estoy casi tan asustado como emocionado. Avanzamos hasta la entrada donde requisan los maletines. Recuerdo que quería traer una cámara fotográfica aunque estuvieran prohibidas. Pensé esconderla, como la botella de aguardiente Tapa Roja cuando iba al estadio Murillo Toro de Ibagué, pero supuse que aquí sí habría controles estrictos. Me equivoqué. Apenas miran mi morral arhuaco y me empujan con la muchedumbre. Ya adentro, el único que no tiene cámara soy yo. Carajo, debí haber seguido mis corruptos instintos tercermundistas. Me sorprende el paisaje. Parece más una playa que un concierto. Como estamos en verano y el sol es sofocante la gente ha decidido broncearse en la gramilla. La asistencia no es la que pensaba, en realidad son ochenta y cinco mil personas. Un mar de gente, como se ha dicho tantas veces. Venden todo tipo de productos alusivos al rey del pop, incluyendo su propia gaseosa. Qué fenómeno de masas! Trato de imaginar las millonadas de dólares que se mueven tras cada canción, las manipulaciones comerciales, la privacidad perdida, la vida vertiginosa. Recuerdo de nuevo mi pubertad y sus ídolos plastificados. La visión adulta me causa angustia existencial. No quiero pensar en eso. Ahora estoy cumpliendo uno de mis sueños juveniles y me costó ciento diez marcos, así que voy a disfrutar cada segundo. Hay que esperar varias horas. Mientras tanto converso con la jovencita, me deshidrato y siento como mi emoción aumenta. He regresado a la etapa adolescente. Ajusto mi reloj digital en cuenta regresiva y me obligo a orinar en uno de los inodoros portátiles para evitar futuras interrupciones. De regreso del baño me extravío. El pánico se apodera momentáneamente de mí. Intento recrear el camino hacia el bus pero no puedo, estaba demasiado excitado y no puse atención por confiarme en las chicas. Ya me imagino durmiendo bajo un puente de setecientos años cuando una de las quinceañeras me rescata. Suspiro el danke más sincero de todo mi viaje por Alemania.
     Los últimos minutos son desesperantes. Todavía me parece un sueño del que vendrán a despertarme. Mi corazón es una batería funky, las manos me sudan y no puedo apartar la mirada del imponente escenario frente a mí. Estoy hipnotizado, expectante y temeroso de que me dé un cardiaco. La alarma del reloj chilla. Ya lo sabía, pues contaba los segundos mentalmente. Ahora quedo dependiendo de la voluntad de Jackson. Me siento más niñito que cuando Patrick me encomendó a la guía. Estoy tan concentrado que el inicio del concierto me sorprende. Lo que sigue lo viví como un ensueño imposible de describir en mi estado de dichosa enajenación mental. Recuerdo que salté, grité, canté y lloré un par de veces. Me dejé llevar totalmente por la euforia colectiva. No me importa que mis compañeros poetas me reclamarán esa adición a la cultura comercializada tan lejana del arte supremo que ellos creen tener. Sólo existen Van Gogh y Berlioz y Flaubert. Y mercí y quesquecé y yenencepá. Y todo lo que sea francés, intelectual y suene supercalifragilístico. No puedo darme el lujo de leer un cómic de Batman, disfrutar una película de James Bond o escuchar un disco de Prince. Eso es comercial, cultura de masas, contracultura, fenómeno publicitario, pecado indigno de cualquiera que se atreva a sacralizar el arte. Se supone que soy un poeta, luego ese infierno terrenal me está vedado. Debo remitirme exclusivamente a las altas esferas de la música clásica, la pintura impresionista y el boom latinoamericano. Me importa un comino. Yo estoy feliz en un concierto del cantante más vendido y controvertido del mundo. Et quoi?
     Me demoré cinco minutos para comprender que el concierto había terminado. Pasaron exactamente dos horas y media que parecieron un instante. La alemanita no intenta hablarme más y me arrastra de la camisa hacia el bus. Supongo se lamenta de que la hayan encartado conmigo. Durante casi todo el viaje trato de perpetuar el momento en mi memoria y apenas me despido de las chicas al momento de bajarme. Sólo regreso a mi edad adulta en la caseta telefónica, a las tres de la madrugada, cuando descubro que no tengo ninguna moneda para llamar. No me preocupa, hay un puente muy cómodo en la cuadra siguiente.

(1997)

3 comentarios:

  1. Ya llegará mi turno con los Red Hot Chili Peppers. Espero que sea este año y, afortunadamente -o infortunadamente, vaya uno a saber-, será en la fría Bogotá, donde, por más tentadora que sea la estadía en alguno de sus bellos puentes, si espero tener un par de minutos para llamar a alguno de mis conocidos. Ojala mi madre patrocine siquiera el transporte y, de ser posible, que me mande recomendado con la azafata.

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  2. ¡Super! Se logra conectar con los sentimientos del cronista. De seguro es un hecho inolvidable, en especial la dormida en el puente. Good job Oscar Albeiro.

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