15 ene. 2010

La mirada del turista


Hay algo malsano en el ojo del visitante, común a todos los turistas de todas las naciones: la pobreza es pintoresca. Las casas palafíticas, los ranchos de paja, las aguateras y los burros se ven bien en las placas fotográficas del viajero como paisajes exóticos, paradisíacos, testigos de un pasado lejano. Pero las comunidades que viven en el desamparo, sin urbanización ni servicios, sin transporte ni puestos de salud, no gozan de exotismo sino que padecen de miseria. El turista lleva dinero y curiosidad y cree que los nativos son otra raza, una creada para su divertimento. Suele juzgar desde su mirada colonizadora y citadina y muy rara vez se adentra en las costumbres de los pueblos o pretende desentrañar los misterios de sus sociedades. Normalmente los turistas van a un safari por lo extraño con casa de fieras y diversión prepagada, y dejan un par de billetes que más parecen la soldada de un maromero que un pago por servicios prestados. Ese turismo enajenante no crea progreso ni riqueza ni nación; llenará las arcas de algunas agencias, sin duda, pero los pueblos visitados, es decir explotados, mostrados como fenómenos de circo seguirán en la miseria porque eso es lo pintoresco, lo que vende.

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