2 dic. 2010

Mente enferma en cuerpo enfermo

Hace poco contraté los servicios de una muchacha que me encerró en un cuarto, me pidió que me quitara la ropa y me acostó. Luego, pasó sus manos por mi cuerpo, me untó aceites y me hizo gritar. Al final, le pagué muy complacido por su trabajo. Lamentablemente, no se trata de lo que el despistado lector habrá imaginado. En realidad estoy describiendo una cita con mi fisioterapeuta, quien noble y amablemente trató de aliviar mis agudos dolores de espalda causados por treinta años de sedentarismo y alcohol.
     Ya escucho las carcajadas de mis enemigos: Perdomo Gamboa, el escritorzuelo que critica la humanidad y posee la verdad divina, reducido a problemas lumbares? Sí, señores. Ni más ni menos. Pobre iluso, me insultarán; cuándo fue el maestro Baudelaire a que le trataran alguna de sus dolencias del cuerpo cuando no soportaba las del alma? Dejó Allan Poe de consumir sus vinos preocupado por su menesterosa salud? No se enfrentó Hemingway a bestias salvajes sin contemplar sus espasmos musculares? La verdad es que no lo sabemos. La historia nos ha legado el mito de los poetas malditos que escupían sobre el mundo y se orinaban en dios, seres sobrenaturales cuya rebeldía era más grande que la censura y que sólo cedían ante su propia maldición. Nadie imagina a Rimbaud tomando un analgésico para el guayabo o a Dostoyevsky contemplando la efervescencia de una vitamina C. Los poetas sólo se preocupan por la vida espiritual, el cuerpo es un simple estorbo, la famosa cárcel del alma.
     No voy a contradecir eso. Sin embargo, diré que la cárcel de mi alma ya está algo mohosa. Como todos los mitos que he adorado, puse la mente romántica sobre el cuerpo pasajero y alimenté la primera con vicios que dañaban al segundo. No me arrepiento de nada; lo seguiré haciendo pues, como mis maestros, estoy condenado a mi propio mito. Sólo que ahora tengo conciencia del terrible destino que me espera y que no está en las idealizadas letras que me precedieron: Además de la perdición de mi alma debo atestiguar la decadencia de mi cuerpo.
     Si el día de mañana algún polluelo de poeta me lee y pretende aprender de mí le daré el mismo consejo que me dio mi maestro oscuro: Para no sentir el horrible fardo del tiempo, que destroza vuestras espaldas y os inclina hacia el suelo, es preciso emborracharse sin tregua. Sin embargo, añado una advertencia: El dolor de vuestras espaldas destrozadas os obligará a gastar en fisioterapeutas lo destinado a meretrices...

5 comentarios:

  1. Me parece estar escuchándote decir "no vuelvo a beber...". Ahora bien: las acumulaciones de ácido viejúrico en el organismo se subsanan con una botella de buen vino (no cariñoso ni vino verde de 900) o con la presencia de una muy inspirada e inspiradora musa al lado. ¿A cuál le apuntas, mi felino amigo?
    Pd. Igual, te quedarían como cuatro o cinco vidas, ¿de qué te quejas?.
    Vos sabes quién soy.

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  2. jajajajjajajajjajaa ¿lo destinado a meretrices? jajajajajja tan picado a putañero! Definitavemente cuando el cuerpo decadente te recuerda lo mortal el mito se va pal carajo.

    Vos también sabes quién soy :)
    Pd. Y pues para colaborarte esta "meretriz" puede comenzar a cobrar su salario.

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  3. Cuando manos de mujer te ungen con aceites y te prodigan caricias en un ambiente sosegado, estás empezando a meditar.
    Saludo,
    Penélope

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  4. Perdomo visita burdeles.

    Tambien sabes quien soy.

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  5. AMIGO PERDOMO: ALGO DEL RUBAIYAT.

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