14 abr 2012

Los jorobados

Cuando me desperté una mañana después de un sueño intranquilo en el que plagiaba a Kafka, me encontré con un espectáculo apocalíptico. De alguna manera que sólo un cómic podría narrar, el mundo como lo conocía había terminado. La humanidad, que doblegó la naturaleza y mató los dioses, estaba reducida a una raza pedestre y monstruosa. Por las calles que antes vieron pasar carros de bomberos con reinas de belleza y jugadores de fútbol, ahora deambulaban unos seres extraños, jorobados, que no levantaban la mirada y que caminaban como zombies, arrastrando los pies inseguros, y torcían las manos agarrotadas como imitando a un tiranosaurio epiléptico. No hablaban. En lugar de eso, musitaban un gruñido sordo, como de gato perezoso, y, eventualmente, lanzaban una carcajada terrorífica y sin sentido. Me asusté, por supuesto, pues mi imaginario cinematográfico de mala calidad me llevó a las escenas del último sobreviviente devorado por los engendros. Pero, para mi fortuna, ninguno de ellos me vio. No podían verme, pues sus cabezas, doblegadas por el enorme peso de la joroba, no podían alcanzarme. Sus ojos, quizá ciegos, miraban un punto fijo en el vacío intraducible. A lo mejor un holocausto nuclear había destruido la existencia y estos entes eran víctimas de la radiación. Pensé, inevitablemente, que estaba protagonizando la inmortal novela de H. G. Wells, "La Máquina del Tiempo", y que los jorobados eran una suerte de morlocks, despojos de la antigua humanidad, que ya habían acabado sus existencias de jugosos elois. Imaginé el mundo feliz de Huxley y algún fatal error de la fábrica de humanos. Por supuesto, recordé a los X-Men y aventuré la teoría de una nueva raza de mutantes, homo jorobadus, o algo así. 
     Desde luego, la soledad que me ha acompañado desde mi nacimiento me desmoronó. Es desolador vivir en un mundo donde la humanidad ,que partió de un primate que se levantó, irguió su cabeza y miró sobre el horizonte, involuciona en un jorobado, inclinado de nuevo, cuya mirada no alcanza más que el suelo que pisa.
     Entonces me fijé mejor y descubrí con relativa alegría que no habían mutado, no eran víctimas de alguna explosión nuclear o una zombificación involutiva. Los jorobados realmente eran seres humanos normales, como yo, pero estaban inmersos en los chats de sus smartphones.

28 mar 2012

Miss intelecto

Yo sé que algunos van a pensar que escribo esto de mala leche. Juro que no, al menos no mucho. Pero es difícil dejar pasar algunas cosas que, parafraseando a Quino, se escuchan por andar con las orejas puestas. La muchacha recién escogida como reina de belleza de la ciudad de Cali (debería omitir por decencia la ciudad, pero no me aguanto), estudiante de Comunicación Social, para rematar el cliché (yo también soy comunicador, antes de que mi progenitora salga a colación), dijo en sólo dos minutos de entrevista radial tres perlas dignas de ceremonia de coronación:
     Primero: Dijo algo como que estaba segura pero no creía que iba a ganar. A ver? Está segura de que gana pero no sabe si gana? Beneficio de la duda: Estaba segura de sí misma, pero no sabía si ganaría. Bien, se lo valgo.
     Segundo: Afirmó que el tenis es su "hobbie favorito". Anglicismo aparte, si es su hobbie es su favorito, no? Beneficio de la duda, para no ser cacas, a lo mejor tiene varios hobbies y el favorito de todos es el tenis. Listo, se lo valgo.
     Tercero: Cito textualmente "... lo más primordial de todo...". Esa sí no se la valgo, qué pena me da. Si es primordial, es lo más importante, claro; de todo lo demás, obvio. Ese es el pleonasmo extremo, la repetición de la repetidera, si me permiten el lenguaje de reina.
     No es ser mala leche (bueno, acepto que un poquito), ni criticar por joder o por dármelas de linguista sabihondo. Simplemente, me parece triste que haya muchachas que no saben ni hablar y se cifren en un concurso de belleza: pura forma y nada de fondo, muy bonitas y muy huecas. El estereotipo perfecto de la reina de belleza, curvilínea y bruta. Ninguna de mis amigas es así. Son muy bonitas, pero lo más importante, son bellas porque son inteligentes, capaces y emprendedoras. Esas son las mujeres que admiro, las verdaderas reinas y modelos. Aquí deberíamos coronar a las madres cabeza de hogar, las trabajadoras, las empresarias, las escritoras, las científicas, las que de verdad son ejemplo para la juventud. Ellas deberían estar en los titulares de prensa por sus logros en economía, política o poesía; no en una pasarela que parece una exhibicion de ganado. 
     Ya sé que es mucho lugar común, ya sé que parezco un criticón fastidioso (lo soy), ya sé que muchas de las mujeres que lean esto me echarán la madre (a propósito, una vez dije esto mismo y me preguntaron si no era capaz de ver la belleza femenina en mi señora madre. Les dije que la belleza de mi mamá no consistía en curvas ni afeites, sino en la fuerza que tuvo para mantener una familia unida y criar a sus hijos); pero lo que me interesa son las mujeres inteligentes y sabias que también desprecian los modelos femeninos que ofrece esta sociedad.
     Aunque no debería preocuparme. A fin de cuentas, las que adoran los reinados deben estar leyendo la página de Cosmopolitan o algo así....

10 mar 2012

Realidad y ficción

Dos noticias me causaron curiosidad esta semana. No la tradicional retahíla de muertos e indiferencia, sino dos casos que parecen, literalmente, sacados de los cómics que tanto adoro. Por un lado, una localidad brasilera contrata a un tipo que se disfraza como Batman para combatir el delito. Por otro, se hace popular en internet una chica denominada Kotakoti que es idéntica, tanto que asusta, a cualquiera de las heroínas de las historietas japonesas con ojos gigantescos y todo, el mejor estilo manga hecho carne.
     Entre lo curioso y lo ridículo, me queda una duda. Se está resquebrajando la barrera que divide la ficción y la realidad? Es evidente que no, no pretendo con ese comentario insinuar una trama manida de ciencia ficción a lo Michael Ende o A-ha. Sólo que me parece muy peculiar que las personas que deambulan por el mundo en su triste cotidianidad, entre los Corn Flakes y el Mc Donalds, entre el grito del jefe y el grito al subalterno, entre la cuota del carro y la comisión asignada, quieran que personajes de la ficción popular se hagan seres reales, que puedan encontrarse en la calle con Batman o Saori Kido.
     Supongo que ficcionalizar la ficción no es tan nuevo. Disneylandia es un gran ejemplo. Los niños irán a abrazar al Pato Donald y se encontrarán con un pedazo de plástico dentro del cual se cocina un humano mudo y semidesnudo, pero será Donald quien les regale ese instante de fantasiosa felicidad. No hacemos lo mismo los más viejos? Cuando vamos a un museo, no nos tomamos fotos con un pedazo de metal o piedra que recuerda a Borges, Bob Marley o Garrincha? Ellos fueron reales, cierto, pero no en nuestros imaginarios. Allí, son tan ficticios, heroicos y perfectos como Supermán.
     A lo mejor todos estamos hastiados del mundo cotidiano y aburrido. A lo mejor todos deseamos que nos rescate Miguel Strogoff, Sandokán o Iron Man. A lo mejor queremos charlar con Funes el Memorioso y el Barón de Munchausen. A lo mejor necesitamos meternos en un mundo donde los niños vuelen con polvo de hadas o trepen paredes picados por arañas radioactivas. A lo mejor añoramos esa irrealidad que sólo se encuentra en los libros y de la que el mundo exterior nos ha desterrado.

25 feb 2012

Fe de erratas

Con este artículo sí me voy a ganar los enemigos. No es que quiera hacerlo, aunque reconozco que me gusta provocar. De hecho, cuando abrí el blog prometí no hablar de política ni religión. Ya rompí la primera, rompamos la segunda.
     La anécdota es muy sencilla. En estos días charlé un rato con una muchacha muy creyente en su religión. Y aclaro, no es lo mismo la espiritualidad a la creencia en algún dios a la credulidad en alguna religión. Todos tenemos derecho al libre desarrollo de la espiritualidad, a ser creyentes, ateos, agnósticos, santotomases, escépticos, fieles, etc. Creer o no en la existencia de un dios es una cuestión de fe y de filosofía, y eso lo debe resolver cada persona dentro de su individualidad. Incluso, la libertad de cultos, que presupone la existencia de algún ser superior, está garantizada dentro de la sociedad.
     Pero me desvío del punto que quería contar. Esta muchacha, que tiene derecho a su espiritualidad y su libertad de cultos, me aseguraba vehementemente, convencida de que poseía la realidad, que Adán y Eva habían existido, que la segunda había sido hecha de la costilla del primero y, por ende, la mujer era creada para el servicio del hombre, como un apéndice esclavo.
     Siempre nos dicen que hay que respetar las creencias ajenas. Pero una cosa es tolerar a los que piensan que el reggueatón es música, que Maradona fue mejor que Pelé o que Colombia es el mejor vividero del mundo; y otra aguantar a quien, movido por una evidente falencia intelectual, se cree a pies juntillas lo que le dice algún predicador ladrón, y cede sus derechos en una triste y miserable manipulación.
     Según me explicó esta muchacha, el hombre tiene derecho a mandar sobre la mujer y ella debe servirle, pues para eso fue creada. La mujer no puede hablar sin autorización del marido y nunca tendrá la razón si él no está de acuerdo. Ha sido una de las pocas veces que me he quedado sin palabras, no por falta de vocabulario sino porque no podía abrir la boca del asombro y la estupefacción. En verdad, me cuestionaba: hay gente que piense así en pleno siglo XXI? Y cuando le preguntaba por qué pensaba así, la respuesta era muy sencilla: así lo dispuso dios. Por eso, según ella, su predicador y su religión, la evolución es mentira, la tierra sí es el centro del universo y los filósofos, científicos y librepensadores son falsos profetas que sirven al demonio.
     Tan idiotizada (y que vengan los enemigos, pero una cosa es la fe y las dudas existenciales y otra que algún hampón se aproveche de eso) tenían a la pobre, que ni siquiera pudo captar las innumerables veces que le señalé que con sus humildes y trabajados aportes a la iglesia, el predicador cambiaba de narcocamioneta cada año.
     Me perdonarán mis enemigos, pero eso no merece respeto. Esa pobre muchacha lo que merece es educación, que la alejen de atracadores santificados y le abran los ojos sobre sus derechos y la historia de la humanidad. Ese infeliz debería estar pagando cárcel y no comprando joyas con el dinero de los ingenuos. Sé que muchos me maldecirán o, peor aún, me bendecirán y pedirán a algún dios inexistente que me ilumine. Yo prefiero decirles que se iluminen ellos mismos a través de los libros que no afirman tener la verdad pero despiertan conocimiento en quien los lee.

11 feb 2012

La última canción de Whitney Houston

El músico frustrado en mi interior espera dos momentos esenciales: La muerte de Keith Richards y la de Ozzy Osbourne. Ambos, ídolos inmarcesibles, debieron morir hace décadas debido a los abusos dignos de su categoría como estrellas de rock. Sin embargo, ambos están destinados a languidecer entre resacas y exámenes de próstata. Probablemente vivan para no ver mi muerte.
     Sin embargo, hay otros músicos que, sabemos, no morirán jóvenes como los rockeros que conocemos (Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Freddy Mercury, etc.), sino que perdurarán hasta que la edad, que no afectará su voz, les pase la inevitable factura. Jamás veremos envejecer a Madonna, por ejemplo. Pero ya vimos morir a Michael Jackson, y eso nos pone a pensar...
     Hoy muere otra voz que no pertenecía a los mortales. Whitney Houston, casi tan bella como el timbre de su voz, se levantaba más fuerte que el gospel que la inspiraba, y más vibrante que el pop que la hacía reinar sobre las otras divas. Atrás quedaban Patty Labelle, Diana Ross y Aretha Franklin; pues Whitney era  capaz de llevar su alegría desde la esquina más bailable hasta el responso más sagrado. Y ella era la niña buena que trascendería todas las generaciones.
     Y las niñas buenas se juntan con los niños malos. Medio mundo detestó su relación con Bobby Brown, injusto lugar común que sólo sirvió como coyuntura para el horrible mal que acabó con una de las voces más talentosas de la historia: la drogadicción. La niña buena no lo era tanto. La droga la drenó como a tantas otras estrellas de la música. Los que la queríamos, así fuera a través del televisor, sufríamos al verla cada vez más flaca y más diluida. 
     Esa muerte la merecen los rockeros que desbaratan guitarras y adoran a Satán, no las damas maravillosas que encantan al universo con su voz. Pero la droga no respeta nada. Y en el universo de los mitos, lo mismo da ser Janis Joplin o Whitney Houston.
     Quiero creer que Michael Hutchence murió en un orgasmo ahorcado, que Kurt Cobain murió en un verso maldito y de dos acordes, que Freddy Mercury murió en una sonrisa homosexual. Y quisiera creer que Whitney Houston no murió en un abismo de drogas, sino en un arpegio en el que sólo ella era capaz de cantar.

29 ene 2012

El noticiero del futuro

Me he vuelto clarividente y voy a predecir el futuro: El próximo noticiero que usted vea abrirá con la imagen de un atraco, preferiblemente con balacera, en un establecimiento público; el video será impresionante y grabado con alguna cámara de seguridad. Luego, inundaciones, desplazamientos, desalojos, accidentes o alguna de las múltiples tragedias del país; las imágenes y los testimonios de las víctimas darán ganas de llorar. Minutos después, el escándalo callejero de turno y sus secuelas, un niño secuestrado, una mujer golpeada, unos padres abusadores, etc; secundado por declaraciones de autoridades comprometiéndose a solucionar ese flagelo. Seguirá la infaltable dosis de violencia protagonizada por guerrillas, bandas criminales o criminales comunes; algún militar dirá pomposos lugares comunes. Posteriormente, las enriquecedoras secciones sobre salud, economía familiar, civismo o cualquiera de esos temas. De ahí se pasará a lo que todos esperamos, los goles del torneo local, el torneo internacional del momento, la liga española y cualquier partido donde juegue algún colombiano; incluidas las sosas y predecibles entrevistas a jugadores y técnicos. Cuando se tenga la mayor audiencia, se hará el profundo análisis político y sociológico del senador que se durmió en su silla, la falda que se puso tal congresista o el chiste de turno de alguno de los tantos lagartos de nuestro zoológico político. Para cerrar con broche de oro, dos reinas de belleza de minifalda y silicona nos hablarán de Shakira, de un par de actores de televisión o idiotas de reality, y dedicarán los últimos minutos del noticiero a publicitar la más reciente telenovela del canal.
     Y nadie nos dirá las noticias reales, las que revelen la horrible corrupción de nuestra clase dirigente y nos despierte del letargo en que yacemos; pero todos estaremos informados.

12 ene 2012

El rico y el pobre

He podido viajar un poco por Colombia. A veces voy a los destinos tradicionales y fiesteros de playa y rumba, a veces bailo en los carnavales entre pintura y folclor, y a veces me sumerjo en algunas poblaciones escondidas que apenas aparecen en los mapas y la memoria de los compatriotas. Allí; en esas poblaciones palafíticas, arrinconadas en la selva, con pisos de madera y techos de hojas; he visto otros turistas más ignorantes que yo hablar de la pobreza de esas personas.
     Entonces miro bien a esos niños que juegan felices en el barro sin necesidad de un Transformer, o nadan libres en un río limpio, o cantan rondas que nuestros abuelos olvidaron. Son muy pobres porque carecen de Barbies que les digan el tamaño correcto de su silueta o de carros a control remoto que les enseñen a correr por los prados. Los miro comer de lo que da la naturaleza a su alrededor, frutas cuyos nombres son ignorados por los ricos, pescados sazonados de maneras que los chefs desconocen. Me da lástima de ellos que no pueden comer las delicias de la civilización como hamburguesas, perros y frituras que, por costar más dinero, tienen que ser más saludables. Veo esas personas jugando dominó y escuchando música y entiendo que son pobres porque no tienen un blackberry, un televisor pantalla plana o unos zapatos de marca.
     Recuerdo a ciertos conocidos de la ciudad que trabajan catorce horas diarias para pagar un carro gigantesco que no necesitan pero del que deben alardear. Algunos ven más a sus jefes que a sus hijos. Otros empeñan el sueldo en el smartphone de moda porque no pueden ser menos que sus compañeros. Son ricos esclavos de quienes venden ropa de marca y, aunque pagan trescientos mil pesos por una camisa, no leen un libro de veinte mil pesos ni regalado y difícilmente se ven con sus amigos que no le cobran el abrazo.
     Me pregunto, quiénes son los verdaderos ricos y los verdaderos pobres?

16 dic 2011

MD™

El siguiente es el prólogo escrito por el profesor James Cortés Tique para mi novela MD™.

MD™, el título de esta novela es engañoso, pues si bien no seduce al lector raudo que husmea una vitrina en busca  de historias sugerentes, es a éste a quien le está destinado por ser hijo del trinitario signo del capitalismo (mayor producción, menor tiempo, mínimo de inversión). Para el lector que supere el obstáculo del título en la carátula, la novela le depara magníficas sorpresas, una tras otra.  En la tercera frase se le entregan al lector las claves para el desciframiento: el código del título y de la novela. MD significa Maravilla Decadente, y las exponenciales consonantes TM del tecnolecto comercial, significan "Trade Mark", en castellano, Marca Registrada.  Se trata de una novela sobre la sociedad de consumo. 
     El mundo novelesco se construye con una fábrica llamada Maravilla Decadente, en la que hay un jefe máximo llamado Señor I, una secretaria llamada Evva, un eterno subjefe llamado Príncipe y los pilares creativos de  MD™  llamados Víctor y Camilo. Con estos mínimos fundamentales, Oscar Perdomo Gamboa inicia la historia  de la invención de artefactos y de la creatividad publicitaria, si como artefactos debemos entender la invención del fútbol, de la publicidad, de Dios, del azar... En estos términos esta novela bien podría llamarse el libro del origen de todas las cosas del consumo.  
     Una fábrica es, quizás, la mejor  metáfora cognitiva para narrar el nacimiento de los artefactos, de las mercancías, de las profesiones, de los personajes definidos por sus roles o funciones. Desde la factoría como mundo-modelo de existencia virtual, Oscar Perdomo Gamboa nos entrega a sus re-creaciones poéticas, aludo a los permanentes juegos con el lenguaje, es decir los retruécanos con la lógica, que nos recuerdan las grandes obras de Lewis Carroll; nos entrega a un mundo en el que la invención de las cosas pasa por el arduo buril de la ingenuidad, como aquella de los encuentros de José Arcadio Buendía con Melquiades; nos entrega  a la tozuda inocencia crítica, como la de los Cronopios cortazarianos; nos entrega a la risa irónica sobre la sociedad de consumo que hemos conocido en los cuentos de Juan José Arreola tales como  Baby HP y Anuncio (cuento donde hallamos la invención de Plastisex ©, artefacto que vaticinaba a MD™). Así pues, la factoría llamada Maravilla Decadente es una potente máquina de reciclaje donde se renueva el vínculo con grandes obras de la literatura, donde se reanuda el pacto fundamental con el lenguaje, lo lúdico: ese maravilloso remedio que hace que las patas de las sillas se liberen de la artrítica enfermedad de la catacresis para volver a ser una analogía reveladora, una epifanía de muslos pluscuamperfectos, como diría De Greiff.
     Una dificultad presenta la novela de Oscar Perdomo Gamboa, el ritmo vertiginoso de la narración y la multiplicación y desmultiplicación permanente de lo seres que pueblan el mundo. El lector observará que no hay un solo punto y aparte, todo es seguido.  Se inicia la lectura y sin pausa alguna hay que ir hasta el final. La lectura es una carrera gobernada por el humor, único jinete capaz de cabalgar la estampida de la metonimia.  Ahora bien,  decir dificultad no es nombrar un defecto sino, en este caso, una virtud estilística, pues  tratándose de una novela sobre la sociedad de consumo, la narración nos ofrece una invención tras otra, sin cesar, insaciable. MD™ es un mundo de consumo y  de autoconsumo. El mundo narrativo se alimenta de sí mismo, se auto engulle para inflarse hasta la revelar la caprichosa bancarrota del significante.
     Gracias, Oscar, por saber abrir la puerta para ir a jugar.   

James Cortés-Tique. 

10 dic 2011

Cuando el plástico se rompe

Estoy por pensar que lo que escribo no sirve para nada. En realidad, siempre he estado seguro de eso, particularmente porque me dediqué a la ficción (y a la más rebuscada, para acabar de completar) en lugar de escribir libros de superación personal o novelitas de traquetos. Pero no me refiero a esa tautológica afirmación, sino a que mi voz y la de tantos que gritamos al mundo no se oyen. Hace cerca de dos años escribí un artículo titulado El Maniquí con Silicona en el que me quejaba de la imagen que esta sociedad obliga a las mujeres. Cada dos o tres meses veo en las noticias la misma historia repetida con otra víctima: algún doctor corrupto o algún error de procedimiento cobran la vida (o la cola) de alguna muchacha que quería "mejorar su aspecto".
     Sé que me ganaré muchos problemas por decir estas cosas, pero estas damas que sufren estas canalladas o fatalidades no son víctimas; sus males se los buscaron ellas mismas por (y que vengan los enemigos) idiotas. Sólo alguien con aserrín en el cerebelo se somete a una intervención quirúrgica (si sabrán lo que significa?) con el único objetivo de servir de cebo para el consumidor masculino.
     Aunque, mejor pensado, estas mujeres sí son víctimas; pero no de doctores y estafadores, sino de la sociedad machista y patriarcal que les ha enseñado desde niñas que no valen por sí mismas, que sólo tendrán el valor que les otorgue algún macho alfa. Y, peor todavía, que ese valor no tendrá que ver con su intelecto, talento y capacidades, sino con sus formas. Una mujer bonita y muda es el premio perfecto para el macho dominante. Una presea a la que, como a cualquier trofeo, se posee y se pule.
     Pero no me desgastaré más gritando, cual Cassandra (como lo escribí en otro artículo, valga la publicidad) las verdades evidentes. Además, no soy el único. Todos los días vemos, incluso por  la caja boba de la televisión, las terribles consecuencias de la estupidez. Sin embargo, ya sabemos que junto a cada denuncia hay un centenar de comerciales con modelos invitando a ser bellas y superficiales, por no decir tontas.
     Nosotros somos quienes criamos a la siguiente generación; quienes les compramos a las niñas muñecas y juguetes que las alientan a la vanidad y no al intelecto; quienes les exigimos estar bonitas y soñar con ser reinas de belleza, preferiblemente diciendo pendejadas que pasen a la historia. No se aterren si sus hijas, cortesía de la sociedad que alimentamos entre todos, salen en las noticias en un futuro cercano, y no precisamente en la página de farándula.

24 nov 2011

Las voces de los inmortales

El 24 de noviembre de 1991 yo debía presentar (aunque no me lo crean) un examen de álgebra lineal. Afortunadamente (aunque tampoco me lo crean) había sacado cinco en el primer parcial y podía darme el lujo de perder el final, porque me era imposible concentrarme. Pocas horas antes había escuchado por radio la noticia, la muerte de uno de mis primeros y más grandes ídolos: Freddie Mercury.
     En mi adolescencia, y durante el resto de mis miserables días, el rock calmó el sinsentido de la existencia. Uno de mis recuerdos más bellos es la fantasmagoria audiovisual de "Innuendo", tema épico y dramático que solía repetir hasta la ceguera en bares de mala muerte donde entraba siendo menor de edad con la Libreta Militar. La voz de Mercury, su fuerza vital, su tremenda corporalidad; todo se había extinguido para siempre. Ya sabía de la muerte, pero Lennon o Dalí, quienes ya habían regresado al Olimpo, dieron sus vidas antes de mi idolatría. El vocalista de Queen fue el primero que me mostró que los semidioses también son finitos.
     Después, cada muerte de una estrella de rock fue un repetir de ese examen de álgebra lineal, de esa desazón interminable, de ese abismo a lo inexistente. Michael Hutchence, Kurt Cobain, George Harrison, Michael Jackson y todos los que siendo humanos frágiles se convirtieron en deidades imperecederas me recuerdan lo que siempre quise ser y lo que nunca fui.
     Y, claro, recuerdo lo absurdo de aquel examen. Ninguno de los que lo presentó valdrá nada para la eternidad. Mercury tampoco lo presentó, pero su inmortalidad es tan indiscutible como su fallecimiento. Cada vez que escucho una de sus canciones o que veo morir a una estrella de rock recuerdo que mi fin es tan ineludible como fue inútil mi vida. Incluso lo que decidí hacer para disimular mi inexistencia, leer y escribir, no será ni siquiera un pie de página en el ilegible libro de la historia. El texto que ahora escribo no será leído por ojos que no se pierdan.
     "Ya somos el olvido que seremos", rezaba Borges, otro tan inmortal como sus letras. Algo tienen en común el maestro argentino y el rockero universal: vivirán, no, serán para siempre. Y los que no somos ni siquiera olvido, tenemos el consuelo de compartir a través de unas páginas o unas guitarras un atisbo de aquello de lo que sólo los dioses tienen conocimiento.

18 nov 2011

La lección de los estudiantes

Fue glorioso. Las cifras varían según la medición y según quienes estuvieron en vivo y en directo, pero la protesta de los estudiantes contra la reforma a la ley 30 ronda por las decenas, tal vez centenares, de miles. Y, tras paro, besatones, videos, marchas, etc, se consiguió lo que se buscaba, al menos en su etapa inicial. El gobierno, aunque entre disimulos y explicaciones, tuvo que ceder.
     Y eso es lo que verdaderamente nos ha dejado esta experiencia. Los que tenemos el poder somos nosotros, el pueblo. Lo único que necesitamos es el valor para levantarnos y el sacrificio para soportar. Así como los estudiantes nos enseñaron a todos que se puede ejercer el derecho a la protesta para propiciar cambios, así deberíamos hacer todos contra los abusos y la corrupción de que somos víctimas. Pero para eso tenemos que empoderarnos como nos lo mostró la juventud del país. Se nos olvida que el poder es nuestro, que los dirigentes los elegimos nosotros para que nos representen y nos sirvan, y que el que debe quedar satisfecho cuando se le presta un servicio es el cliente, quien paga.
     Un par de ejemplos sencillos. Las empresas de telefonía celular hacen con los usuarios lo que se les da la gana; abusos, sobrecostos e irregularidades son pan de cada día. Pero qué es lo que siempre hacemos? Quejarnos y seguir aguantando y pagando. Qué pasaría si todos (todos, claro) dejáramos de consumir sus minutos y de llamar y de comprar sus teléfonos? Se verían obligados a bajar las tarifas, tratar bien a sus clientes, etc. Pero a nosotros nos parece imposible. Qué absurdo! Acaso no sobrevivió la humanidad tres milenios antes de la telefonía celular? Lo único que necesitamos es, como los estudiantes, la capacidad de sacrificio y entrega.
     Otro ejemplo. La gasolina sube cada dos meses y lo único que hacemos es, de nuevo, quejarnos y aguantar y pagar. Y si dejáramos el carro en casa? Nos subimos al transporte público o la bicicleta, o simplemente caminamos y obligamos a que el precio baje? Eso es imposible! Gritará alguien. Si todos lo hacemos, como los estudianes, será posible.
     Un último e idílico ejemplo. Políticos corruptos y asesinos nos han gobernado desde hace tanto tiempo que ya perdimos la cuenta. Y nosotros, predeciblemente, nos quejamos, aguantamos y pagamos. Qué pasaría si toda una ciudad se plantara frente a la alcaldía y exigiera la renuncia del alcalde? Tal vez haya que aguantar una semana o más, como los estudiantes, pero al final tendría que dimitir. Eso podemos hacerlo con todos los corruptos del país. Ya debimos hacerlo con algunos que hoy andan orondos criticando y enviando mensajes por internet mientras llevan en sus espaldas elefantes y denuncias a la Corte Penal Internacional.
     Los estudiantes nos enseñaron una valiosa lección que en diversas partes del mundo ya se aprendió. El poder está en nosotros. Ya es nuestra decisión si decidimos, como en tantas otras ocasiones, dejar que nos lo arrebaten.

25 oct 2011

Aquelarre de cabecera

Este artículo fue publicado hace un par de años en el periódico El Colombiano en un especial de Día de Brujas.

Canta, oh bruja, la angustia de Perdomo Gamboa cuando supo que debía seleccionar diez nombres y dejar por fuera todos los demás, como amantes abandonadas. ¿De qué arbitraria forma podríamos barajar los rostros de tantas brujas que nos han acompañado desde que Paris se robó a Helena? Sólo un filtro de amor es lo suficientemente fuerte para que mis dedos tracen palabras mágicas en un papel que servirá de hoguera a las condenadas al exilio: El amor a la literatura. Me arriesgaré a que alguna bruja vengativa, despechada por su exclusión de mi infame antología, me haga un encantamiento y me convierta en sapo, lo que tal vez me granjee un beso de una princesa.
     Empiezo por despedirme de todas esas novias que ya no tendré, tantas brujas que no han bebido tinta de literato. Adiós a las verrugas, los calderos burbujeantes y las escobas mágicas. Adiós, Juana de Arco; embrujas más que Mila Jojovich. Bruja de Blair, fuiste apenas un proyecto. Winona Ryder, que no te venza el macartismo. Bette Midler, me gustas más cuando cantas. Te veré en los horóscopos, Regina Once.
     Lo siento, Castro Caicedo, tu bruja es no-ficción. Borraré mis heroínas de historieta; no me salves, Zatanna; no te salves, Bruja Escarlata. Raven, Teen Titans Go! Apagaré el televisor en las narices vibrantes de Samantha y de Sabrina. ¡Saludos a Archie! Recoge tus pinzas y deja de perseguir a Bugs Bunny, Brujilda. Madame Mim, ya no podré vitorear tus trampas; a ti dedico el canticuento de la Bruja Loca: No sabe hacer brujería porque ya se le olvidó. Bye, bye, Alice Cooper, en tu cuerpo decrépito de rockero yace el alma de una bruja inmolada. Only women bleed . No veré los goles de la bruja Verón ni de su engendro homónimo. No montaré en brujita en el Pacífico. No volveré, lo prometo, a decirle Bruja a Doña Clotilde. ¡Alakazám!
     Pero, aparte de todo este aquelarre al que acabo de desterrar, aún me faltan las brujas impresas. Las que nos perseguían en cuentos infantiles y leían nuestros destinos en novelas adultas. En un vano intento de justicia y objetividad, decidí agrupar a mis elegidas en categorías. Por ejemplo, de todas las brujas que nos heredaron los Hermanos Grimm, Charles perraut, Hans Christian Andersen y otros autores tradicionales, que darían para un listado aparte, escogí una que las incluyera a todas. Por supuesto, me embargó un gran dolor al apartar tantos personajes que me embrujaron desde niño.
     Lo mismo sucedió con las brujas colombianas. Roberta Caracola (El Leopardo al Sol), Francisca García Muriel (La Casa de las Dos Palmas), Elisenda Zambalamberri (La Otra Raya del Tigre) y muchas más desde Gustavo Álvarez Gardeazábal hasta Alfonso Bonilla-Naar que tuvieron que ceder ante la seleccionada. En esta hoguera común quedaron las brujas de Salem, de Arthur Miller; la Reina de los Hielos, de C.S. Lewis; Minerva McGonagall, de J.K. Rowling; la Bruja de Abril, de Ray Bradbury; Hind, de Salman Rushdie; la Dama del Lago, de Walter Scott; la Gran Bruja, de Roald Dahl; la Baba Yaga, de Alexander Afanasiev; la Bruja de Portobello, de Paulo Coello; Hécate, Medea, la Bruja del Mar, Viviane, Nimue, Salomé y muchas otras que van desde autores de ciencia ficción como Isaac Asimov hasta candidatos al Nóbel como Carlos Fuentes.
     Extender esta relación sólo serviría para darme un falso aire de erudito y acentuar que se trata de una antología arbitraria. Bienvenidas sean, pues, mis diez brujas literarias favoritas.

1. La Diosa Blanca
Mito primigenio recopilado por Robert Graves a quien se dedican todos los verdaderos poemas. Musa exiliada por Apolo. Se transforma de mujer hermosa en cierva, loba o bruja.

2. La madrastra
De Blancanieves, de Charles Perrault. Representa a las brujas de los cuentos. Se funden dos arquetipos, el de la madrastra cruel y el de la bruja malvada: con hechizos intenta matar a la heroína.

3. Las Tres Brujas
De Macbeth de W. Shakespeare. La representación de Las Hermanas Fatales de la mitología germana, Urd, Verdandi y Skuld, equivalentes a las Parcas griegas. Son parte de las muchas triadas antiguas.

4. Galadriel
De El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien. La Dama del Bosque, hechicera elfo que porta uno de los tres anillos de poder. Puede leer la mente y el futuro. Gimli, el enano, primero le teme y luego la idolatra.

5. Circe
De la Odisea de Homero. Deidad poderosa. Esta hechicera transforma los hombres en cerdos con un brebaje que incluye vino, miel fresca y drogas perniciosas. Ulises la vence y, cómo no, la seduce.

6. Morgan Le Fay
La rival de Merlín, conocida como Fata Morgana. Legendaria hechicera de la mitología del Rey Arturo. Sobre ella han escrito autores como T. H. White. El mismo Vargas Llosa llamó así a una de sus hijas.

7. Rosaura García
De Los Cortejos del Diablo de Germán Espinosa. De todas las enemigas de Mañozga, incluyendo a la Bruja de San Antero y Catalina de Alcántara, la más mágica es esta centenaria levitante.

8. Xayide
De La historia Interminable de Michael Ende. Esta hechicera manipula a Bastian Baltasar Bux contra Atreyu para apoderarse del trono de Fantasía y eliminar a su gobernante, la encantadora Emperatriz Infantil.

9. La mujer bruja
De Las mil y una noches. Es la primera bruja del libro. Villana anónima que transforma a su marido en perro y como castigo es transfigurada en mula con la ayuda de otra bruja joven y buena.

10. Bruja Malvada del Oeste
De El Maravilloso Mago de Oz, de Frank Baum. Arquetipo de perfidia garantizada al que Dorothy vence con un baño de agua. En la cinta de Judi Garland, fue encarnada por Margaret Hamilton.

13 oct 2011

Cero. Algún lugar del tiempo y el espacio


El siguiente texto es la introducción de mi libro Ella, mi Sueño y el Mar.

Sol y nubes amarillas. Y viento, y hojas, y sabor de mantícora trasnochada. Flama de quimeras, de avatares, de trasgos; de brujas sin plumas, de cerdos al vuelo, de aromas calcinantes y ebrios. El asfalto seco, las botas que no llevo, las escalas, como las de Zepellin o las de Cortázar. Y arriba, al borde del abismo, pandemonium. El averno de los jugadores. Caldo hirviente de histerias y celos colectivos. Las viejas sonrisas concentradas, los libros no leídos, las criaturas de la mitología comercial. Yo camino, como Ulises entrando al Hades, entre los espectros que no pueden tocarme. Entre las huellas de los elfos y el fuego de los dragones. Dos manos, un saludo, una carta que no tengo. La misma rutina magnética. Empantanado, regreso donde el vapor de malta no me alcance, donde mis poros puedan beber hollín fresco. Y escucho una voz de sirena no mítica, no cartográfica, no inválida. Hay un eco, lejano como todo lo que nunca tuve, una vieja fotografía en blanco y negro. Una tez sonrojada, una oleada negra, algo que soplaba en mi nuca, y la voz argentada que insiste en mi memoria. Golpea contra mis olvidadizas rocas como marea atormentada, una y otra vez, hasta que los recuerdos salpican mi rostro. La conozco en una maraña universitaria con mi emperatriz rusa. Con una revista negra y una deidad en el cielo. Y hablo. Qué otra cosa me queda salvo el lenguaje? Barajo mis penas e invento historias con la facilidad de un niño con muchos juguetes. Rueda Tolkien, rueda Garrincha, rueda Luthor. Rueda el mundo en un torbellino cuyo centro soy yo, y la sirena, y una mirada verde, intermitente como silbido de estrella. Entonces la veo, agazapada como un hobbit, titilante cual tesoro escondido. Ceñida de noche y esmeralda; de bandera africana, de fruto trapecista, de paisaje en invierno. Algo adivino entre líneas, pero mis cejas, llenas de divinidad y trajín, están sedientas a pesar de tanta magia azul. Me diluyo entre las luces, los dibujos y las propias palabras incautas, dichas al azar, como corresponde a un juego de cartas. Después, mucho después, cuando mi pasado ha tenido tiempo de atormentarme, me reflejo en sus ojos verdeamarillo, como la selección Brasil. Unos ojos sin memoria, pero con fulgor de diosa. Su cantar me envuelve en tiras palindrómicas. Imagino su piel y las caricias que ha olvidado. Besos en el pasado ignoto. Sentimientos ahogados en un agujero negro inescrutable. El olvido, esa paradoja, abrazando su torso de mármol. Entonces la miro de nuevo, deslumbrado por su unicidad. La supongo personaje de cuento, de fábula, de cómic. La pienso en un laberinto arrugado, libre de cadenas y perseguida por ellas. Imagino su pluma, sus párrafos, su historia impresa, cual leyenda. La veo tan especial como es, como fue, como será aunque no lo recuerde. Entonces concibo el terrible momento en que me olvide, en que mi ropa azul se disuelva con el sopor taciturno y el olor a pan. Me niego a languidecer en esa hermosa pero fría fosa común. Me pregunto si seré parte de sus letras algún día. Así que le propongo un juego, una apuesta sorda. Cambiar letras por letras, versos por sueños, canciones mal entonadas por un suspiro al momento del olvido, esa otra muerte. No sé si me convierta en trino, en huella de lápiz o en sombra sin rostro, como soy ahora; pero sé que guardaré en mi recuerdo su mirada, su eterna mirada, para entregársela de nuevo el día en que definitivamente me olvide y que podamos mirarnos como dos desconocidos... otra vez.

28 sept 2011

Olor de espiritu joven

Hace 20 años, cuando la mayoría de mis estudiantes no habían nacido, mi generación saltó del pop prediseñado y del rock conformista hacia el nihilismo. Los culpables fueron tres tipos con aspecto de drogadictos que no pasan por la ducha, cuyas canciones arrojaron a nuestras adolescentes caras el sinsentido de la sociedad. De pronto, supimos que el mundo era una mierda y que nosotros, inmersos en el mismo, no podíamos ser nada diferente. Entonces, ahítos de frustración y rabia, nos identificamos con esos acordes duros y destemplados, con esas voces que gritaban desterradas del paraíso prometido, vomitamos nuestro odio junto con el licor barato y las patadas al universo. El nombre de estos tres degenerados que nos abrieron los ojos, Nirvana, fue la máxima ironía, pues en lugar de llevarnos a la paz espiritual nos mostraron el último círculo de la dantesca y miserable sociedad en la que vivíamos.
     Por supuesto, "vivíamos" es un decir. Aún vivimos en esa misma sociedad, tal vez peor. Y los jovenes que nos negábamos a doblegarnos ante el entorno conformista tuvimos que crecer porque el tiempo, a diferencia de los discos de la época, no puede tocarse al revés. El suicidio de Kurt Cobain nos mostró la derrota inevitable, lo inútil de nuestra rebeldía. Ya lo habían anticipado Janis Joplin, Jim Morrison, John Lennon y Jimi Hendrix. Estábamos ante un callejón sin salida: una sociedad donde los Cobain, los que restriegan la mierda del mundo en la cara de los demás, no tienen derecho a existir.
     Hoy, veinte años después, los jóvenes aún escuchan a Nirvana. Los de mi edad también, pero desde sus autos lujosos y en los breves espacios entre el trabajo, el colegio de los niños y la rumba con bachata. Unos pocos, tercos como buenos rebeldes, seguimos con el pelo largo y perdemos nuestra vida entre libros y pentagramas; aunque decidimos bañarnos todos los días. Y la mayoría de los jóvenes? A pesar de voces interminables como la de Amy Winehouse, parece que siguen en  ese conformismo ciego del que sólo un músico suicida puede sacarlos.
     A eso huelen, inevitablemente, los espíritus jóvenes.

2 sept 2011

País antideportivo

He visto la escena tantas veces que ya parece caricatura. Un joven o una muchacha de rostro y expresión humildes, con sonrisa tímida y un traje que parece prestado, recibe de manos de algún presidente o alcalde una condecoración. El gobernante hace un breve discurso con las palabras "orgullo", "patria"  y "ejemplo" mientras a sus espaldas se regodean unos dirigentes deportivos que no caben en las ropas, no por su alegría sino por su sobrepeso. Al final, al joven o la muchacha le entregan una placa que acumulará polvo en un cajón y la promesa de una casa que, con algo de suerte, le entregarán en algún barrio que no aparece en los mapas.
     La situación del deportista colombiano es triste. La clase dirigente no se dedica al deporte, a no ser que se trate del polo, el automovilismo o el tenis, actividades más relacionadas con la lúdica que con la competencia. Pero los boxeadores, los atletas e, incluso, los futbolistas salen de la enorme cantera de pobreza. Y ellos tienen que luchar y entrenar en contra de las decisiones políticas que prefieren comprar votos y robar tierras y recursos antes que invertir en una de las actividades que alejan a la juventud de las drogas y la violencia. La historia arriba narrada casi siempre tiene un preámbulo predecible: una madre pobre que lava ajeno o hace arepas en la esquina para sostener la casa; un infante noble y talentoso que camina decenas de cuadras para ir a entrenar porque no tiene para el bus; sacrificios, rifas y súplicas ante la empresa privada para comprar equipos y asistir a algún evento internacional; la indiferencia absoluta de los medios y la clase dirigente hasta el glorioso momento en que gane una medalla.
     Entonces todo cambia. Por arte de magia, nuestro anónimo deportista se convierte en orgullo patrio; aparecen los politiqueros oportunistas a robar pantalla y elogios a su lado, diciendo que siempre lo apoyaron y contando mentalmente los votos que representa; los buitres de la información vuelan en círculos sobre su casa y su barrio, y se solazan con el color local, las tórridas anécdotas de pobreza y superación y el rating amarillista que venderá más publicidad; el presidente o gobernador hará una magnífica ceremonia con himno nacional y coctel elegante en el que el deportista se sentirá como mosca en leche y en el que será consagrado como ejemplo para la juventud. Ni siquiera se le dejará hablar.
     Y una semana después regresará a la miseria de donde vino, a buscar sus triunfos con sus uñas. Los politiqueros que prometieron (como lo han hecho siempre) apoyo al deporte se irán a mentir en otros escenarios, los medios buscarán una nueva chiva o chivo (expiatorio), el gobernante irá con su cinismo a engañar a otro pueblo y delegará en una larguísima cadena de mando la famosa casa, que junto a las ayudas del invierno y la entrega de tierras a desplazados, quizá se pierda para siempre en el laberinto corrupto-burocrático que define a éste país.
     Y el noble deportista que con el único esfuerzo de su familia le regaló una medalla a la nación? Sepultado por el olvido y por la corrupción de nuestra clase dirigente, como desde antes de que naciera. Porque en este remedo de país, si usted es pobre, la única manera de conseguir una casa honradamente es ganar una medalla olímpica.

20 ago 2011

La cuna del maltrato

Constantemente hay escándalo y rasgadura de vestiduras en Colombia porque algún atarván le pegó a una mujer. Por supuesto, el hecho es execrable y debe ser repudiado (al igual que un hombre le pegue a otro hombre), pero las acciones no deben reducirse al linchamiento mediático y las excusas obligadas, sino a leyes y programas que permitan el castigo de una conducta ilegal y despreciable y la prevención de la misma. Esto último sólo se conseguirá con la educación y la formación que debe recibir cada ciudadano desde niño en su colegio y su hogar. Allí, particularmente, en su niñez es cuando se debe fundamentar el respeto por sí mismo y por el sexo opuesto. Desde pequeños se debe insistir en que las mujeres no son objetos de ningún tipo sino seres pensantes y valiosos.
     Tautológico y evidente lo que escribo, no? De acuerdo. Pero lo traigo a colación porque, justo en la semana del escándalo por el golpe del Bolillo Gómez a una muchacha, uno de los tristemente populares realities de nuestra bienamada televisión nacional me mostró, en un comercial que repetirán centenares de veces diarias, a un niño muy pequeño cantando el famoso y miserable estribillo del reggueatón: "perrea, mami, perrea". Supongo que la familia del crío (que lo sometió a esa tortura insufrible y humillante de un reality) debe estar dichosa porque su retoñito tiene talento (como si se necesitara talento para bramar reggueaton) y porque salió en televisión. Seguramente no pensarán (y menos los de la cadena televisiva, y si lo piensan no les importa porque sólo les interesa vender) que ese niño que le dice a su "mami" que "perree" la está rebajando al nivel de un objeto sexual. A lo mejor, la mamá que orgullosa lo lleva a que haga el ridículo frente a todo el país también sentirá orgullo cuando sea machista, misógino y, seguramente, le pegue a su novia. Eso fue lo que le enseñaron desde su infancia, no? Que las mujeres son objetos para el placer masculino.
     Habrá algún acto más vil de hipocresía y machismo? Por qué nos quejamos de los patanes que golpean mujeres, si nosotros mismos los propiciamos, los creamos y alimentamos con tanta basura emitida en horario triple A. Educamos a nuestra juventud para que crezcan como dueños de las mujeres, que las pongan a "perrear", porque son entes sin conciencia que sólo deben obedecer los caprichos hedonistas de sus amos. Y, como son objetos, podemos golpearlos con impunidad aunque llegue un escándalo doblemoralista y equívoco.
     Y, lo que más me sorprende, es que las mismas mujeres son las que propician esto. Muchas, demasiadas y lamentables veces, he tenido que ver muchachas bailando y coreando felices las canciones que las vituperan, insultan y rebajan a los niveles más serviles de la sociedad patriarcal. Citaría algunas de las letras, pero seguro que el lector ya ha pensado en alguna docena y, además, me causan nauseas. No entiendo que haya mujeres que disfruten esos insultos. Es como si una canción dijera: "malditos colombianos traquetos, ladrones y asesinos" y todos la bailáramos dichosos.
     Qué futuro nos espera? Ya lo auguré previamente. Apuesto las demandas de cualquier Comisaría de Familia a que la generación que crecerá viendo a su compañerito de escuela exaltando su equívoco y alimentado machismo se convertirá en abusadora del género femenino. Pero eso a nadie en la radio o la televisión le importa. Y, lo peor, al ciudadano de a pie, a la mujer que es víctima de todas estas canalladas, parece tampoco importarle. Supongo que nos labramos nuestro propio destino. Pero entonces no se escandalicen cuando el técnico de la selección del 2025 le pegue a alguna mujer, eso fue lo que le enseñamos, no?

12 ago 2011

Golpe de fama

Escándalo en Colombia porque el director técnico de la selección golpea a una mujer. Meses antes, escándalo porque un futbolista patea una lechuza. Al mismo tiempo, se llama a juicio a varios implicados en el escándalo de Agro Ingreso Seguro, y la que más prensa moja es la ex-reina Valerie Domínguez. Ejemplos de éstos hay muchos, con actores, cantantes y deportistas. Por qué se juzga con tan afilada lupa a estas personas?
     Algunos afirman, particularmente quienes vigilan a los deportistas, que ellos son modelos a seguir para la juventud. Así que si Faustino Asprilla hace tiros al aire o patea un bus, es una perversión para todos los niños que quieren ser tan buenos futbolistas como él. Pero estamos bien acostumbrados a que los noticieros nos muestren otra cosa. Un actor de cuarta o quinta que sale a tomar una cerveza en un bar desconocido en Soacha sale en las noticias de farándula. Una cantantica que no redacta ni una esquela graba un comercial de gaseosas y se vuelve titular a tres columnas. Una modelo de resaltada estulticia obtiene un informe de minuto y medio porque posó para una línea de ropa interior. Y si a cualquiera lo sorprenden manejando borracho, gritándole a un mesero o robándose un chicle de una tienda se convierte en escándalo. Acaso ellos también son modelos de conducta para la juventud?
     No lo son. O, al menos, no deberían serlo. Nadie con buena educación y formación querría ser un futbolista alcohólico o una reina de belleza idiota (pleonasmo?). Pero el punto no es que sean modelos de conducta por su desempeño deportivo o su trabajo en los medios. Se trata, simplemente, del amarillismo que despierta el hecho de que sean celebridades. Aquí hemos tenido escándalos verdaderamente graves, desde alcaldes descaradamente ladrones hasta presidentes que amenazan con darle en la cara a otro. Qué se podría esperar de un país que no le exige la renuncia a ese tipo de mandatario (algunos, incluso, celebraban la guachada porque el tipo tenía agallas) o la cárcel para los hampones de cuello blanco? Y, en cambio, a la celebridad de turno le caen con saña porque es el escándalo que vende en el momento.
     En realidad qué significa lo hecho por el Bolillo o por Valerie Domínguez? Dejarán de pegarle a las mujeres si se hace picadillo al técnico? Las muchachas bonitas y bobas ya no buscarán novios con plata ilícita que las metan en problemas? Gómez debe renunciar, por supuesto, pero no porque sea ejemplo de la juventud sino porque desacreditó una posición de poder. Pero, claro, si no han renunciado los gobernantes a pesar de todo lo sucedido. El mayor y peor ejemplo ha sido Samper, quien descaradamente se acabó de tirar al país por su corrupción y terquedad. Bueno, falta ver si Uribe rompe ese récord.

28 jul 2011

Un bel morir

La muerte, inevitablemente, suele verse como una gran tragedia; particularmente si el occiso es joven o famoso. Siempre he pensado que la muerte, como se hace en varias partes del mundo, debe celebrarse. El difunto, joven o viejo, ya dejó de sufrir, está reunido con sus dioses, seres queridos o, simplemente, en el eterno o la nada, lo que para el caso es lo mismo. Los que realmente sufren son los parientes que lo añorarán y desearán que se hubiera quedado en cualquier condición. Y si la muerte es debido a un accidente, peor todavía, pues es una vida truncada que pudo dar mucho y terminó en desastre.
     Las partidas en menos de un mes de Facundo Cabral,  Amy Winehouse y Joe Arroyo confirman que alguien querido y popular, como un músico, hace metástasis en la población. En el primer caso, un asesinato vil, como todos, que mancha de crimen una muerte que pudo ser placentera y amigable. Winehouse murió como vivió, al extremo y en sus propias alucinadas reglas. El Joe gozó su vida y su muerte rodeado de amigos y fiesta. Individuos y sociedades se identificaron con ellos, y sus voces, ya lejanas, sonarán mientras la humanidad tenga alma.
     Pero, a riesgo de que alguien me añada a su lista de enemigos, ésos son los finales que merecen los artistas. Agentes del inframundo que despotrican de dios y le enrostran su eternidad a los hombres  no pueden tener una muerte sencilla, de segunda mano, rodeada de gasas y antibióticos. El suicidio, la tragedia, el misterio debe cerrar con broche de oro, con acorde estridente, una vida brillante y azarosa. Nadie quisiera ver un Kurt Cobain anciano, con tatuajes arrugados, recibiendo un título honoris causa de algún conservatorio en Seattle. Andrés Caicedo cautivará por siempre a las adolescentes caleñas con su cabello largo y sus gafas de cinéfilo. Hemingway, en el círculo en que esté, se jactará de que aún no ha escrito su última aventura. Janis Joplin, siempre joven, nos cautiva con una voz que no necesitó muchos años para añejarse.
     Hay quienes merecen morir en sus camas, envueltos en frazadas y con crucifijos y escarpines. Así habrán fallecido Borges, Frank Sinatra y Roy Rogers. Pero vidas escandalosas claman partidas igualmente emblemáticas. Bien reza el refrán: sólo merece morir quien ha vivido.

1 jul 2011

La tragedia del fútbol

En las lejanas noches de mi infancia, tengo dos recuerdos dispares y cumbres: Leer a Julio Verne y salir a jugar fútbol. Aclaro, de entrada, que jugar es un decir, pues desde niño fui, como dijeron de García Márquez, "tronco para el balón como buen intelectual". Lamentablemente, en mi caso ni fui buen intelectual ni nada. El punto es que tras las páginas me esperaba la calle convertida en cancha. Yo jugaba (es un decir) de volante de creación; tal vez sea esa la única excusa para actualmente dedicarme a la creación literaria. Nacido en Ibagué y (mal)criado en el Valle del Cauca, sufrí durante todos los ochenta la burla de mis compañeros, usualmente hinchas del Cali y el América, porque mi amado Deportes Tolima se sumergía en el fondo de la tabla. Nada qué hacer, excepto mantener fidelidad por el equipo amado. Varias veces acompañé a mi papá y a sus amigos al estadio Pascual Guerrrero, donde pude ver al "Muelas" León y otros quesos de su categoría contra Cabañas, el Gato Fernández, Willington Ortiz y otros grandes jugadores. Nos sentábamos en las tribunas junto a hincas rojos y verdes y la conversación siempre eran bromas alrededor del fútbol y el frustrado Mundial del 86. Y nunca, nunca recuerdo a nadie, ni siquiera, levantando la voz como no fuera para increpar al árbitro.
     Sé que muchos de mis artículos terminan sonando a "todo tiempo pasado fue mejor" y cosas así, pero es inevitable quejarse ante el evidente hecho de que el fútbol, que es deporte sano y fiesta eterna, se haya convertido en sinónimo de violencia y peligro gracias a unos delincuentes y desadaptados que creen que portar una camiseta y un puñal los hace luchadores de su equipo cuando no pasan de vándalos y hampones.
     Cuando descendió River Plate se habló de la "tragedia del fútbol argentino". Difiero profundamente de esa idea. Primero, porque la tragedia, aún si usamos esa palabra, se reduce a la hinchada de River y no a la nación entera. Además, es una idea desigual; no son tragedias las de Belgrano, Huracán o Yupanqui? Segundo, la verdadera tragedia no es lo acaecido en la cancha sino fuera de ella; el despliegue de violencia e irracionalidad que acabó con el estadio Monumental y sus alrededores. Esa fracción de la hinchada que cree que tiene derecho a amenazar árbitros y jugadores, y a tomarse una supuesta justicia futbolera (?) por su propia mano contra la policía o cualquier vitrina o caseta telefónica. Éstos delincuentes son la verdadera tragedia del fútbol mundial.
     Pero no la única. En Colombia, para no salir de la cancha, hemos tenido tragedias como los malos dirigentes, los carteles de la droga, la corrupción rampante y, desde luego, los hampones con camisetas de equipos. Aquí no sólo tenemos amenazas sino asesinatos que ya pasan por hinchas, árbitros y jugadores. Qué pasará el día que desciendan América, Millonarios o Nacional? Tendremos nuestra propia tragedia? Ya tenemos una tragedia, señores! La que impide que historias como la de mi niñez se repitan hoy. Los padres no se arriesgan a ir a un estadio con sus hijos, y un niño hincha de un equipo rival ya no debe temer la burla sino la puñalada.
     Ésta tragedia no es gratis ni producida por el fútbol. Es el mismo síntoma que hace que maten a alguien por robarle un celular o porque caminó por la cuadra equivocada. Es producto de la descomposición social que ha corroído a Colombia desde hace décadas. Los mismos patrones que dañaron el fútbol y que mencioné líneas arriba; corrupción, malos dirigentes y narcotráfico; son los que han convertido a Colombia en un campo de batalla, en un sálvese el que pueda.
     Esa es la verdadera tragedia, pero no del fútbol sino de la nación. Y sólo actuando hoy se puede mejorar el mañana. Sólo si se cambian esas costumbres malsanas hoy y se eligen mejores dirigentes hoy, podrán los niños del mañana leer a Julio Verne, jugar en la calle e ir al estadio de nuevo.

12 jun 2011

Fotografía en asepsia

Está bien, lo confieso. Soy un anticuado ser del siglo XX. Me gustan las camisas pasadas de moda, la música de más de treinta años y las fotografías en papel. Esto último, tal vez, es lo que más me distancia de las nuevas maneras de retratar al mundo.
     Pero antes de mi linchamiento virtual, quiero aclarar que no tengo nada, absolutamente nada contra los avances tecnológicos; y menos en el campo de la fotografía. No piensen que soy uno de esos retrógrados que aún recorta los negativos con bisturí (negativos? Qué es eso? pensarán los más jóvenes) y que cree que lo digital es un formato demoniaco que arrebata el alma del arte. No, nada por el estilo. Tengo, junto a mi reflex análoga (intraducible) que, lamentablemente, cada vez uso menos, una cámara digital muy moderna, con zoom electrónico y tarjeta de memoria. Me parece maravilloso tomar centenares de placas (ya sé que el término está desactualizado) sin preocuparse por cambiar de rollo (Rollo? Qué es eso?) o tener que invertir horas inclinado con lupa ante un contacto (Contacto?).
     Entonces, qué es lo que me molesta? Tal vez sea esa parte de mí que se acerca a la tercera edad y empieza a ensayar con las chocheras, pero me fastidia sobremanera la nueva actitud hacia la fotografía. Para retratarla, he aquí un relato imaginario que todos ustedes podrán reconocer en la realidad. Supongan una reunión cualquiera en un restaurante o casa familiar. Sonríen los amigos, se abrazan e, inevitablemente, llega el momento de la foto. Antes rodaban dos o tres cámaras fotográficas que sólo podían ser de dos tipos: la caserita con un único botón que nunca se desenfocaba y en la que siempre salía más paisaje que gente (y que eventualmente fotografiaba un dedo ancho y tosco); y la complicadísima de lente pesado y que no se podía manejar sin un curso en el sena. Por eso, cada fiesta tenía su fotógrafo oficial: algún pariente ocioso con el hobby y el dinero para alimentarlo. Hoy en día, ruedan cámaras digitales equivalentes a las caseras, pero junto a ellas, parásitas del retrato, vuelan las cámaras de teléfonos celulares que poco sirven, mucho alardean y nunca se pasan al papel.
     Segundo momento. Tras la foto en la cámara (o celular), todos (con más frecuencia las mujeres, debo señalar) se arruman sobre la pantalla para ver cómo quedaron. Actitud que, debo reconocer, es lógica, pues en el fondo todos saben que la imagen nunca pasará al papel. Eventualmente, y con algo de suerte, la verán en Facebook. Acepto que me estoy volviendo chocho, pero no me es fácil contemplar ese momento de narcisismo y vanidad. Y eso que soy narciso y vanidoso.
     Y el tercer momento me desconcierta. En la misma reunión, tras la comida, el baile y el chiste, se sientan en grupos aislados a ver las fotos que han tomado durante el evento. Y, como cada quien tiene sus celulares con cámara, los grupos son cada vez menores, sin descontar el conjunto unitario. Tal vez soy chapado a la antigua, pero cuando me reúno con mis amigos es para hablar y divertirme con ellos, no para sentarme frente a una pantalla diminuta en la que no se ve nada a chatear, consultar internet o mirar fotos. He tenido que presenciar en centros comerciales almuerzos familiares en los que nadie habla: todos están en su smartphone conectados con el mundo y distanciados entre ellos. Yo todavía soy de los que prefiere el contacto humano.
     Supongo que, en el fondo, soy algo retrógrado. Pero no por la tecnología, sino por el uso de la misma. Me gustaba la época en la que la gente hablaba entre sí, mirando sus labios y sus ojos, y no a través de un teclado. Disfruto las chanzas espontáneas y no los chistes leídos por internet. Prefiero las carcajadas a los emoticones. En fin, soy uno de esos seres prehistóricos, antediluvianos, anquilosados en sus gustos personales que se resisten a que la sociedad de consumo les diga qué hacer. En ese sentido,  esa ridícula rebeldía que me obliga a no seguir la moda como borrego digital, tal vez me haga más joven y moderno que muchos de los muchachos que conozco.