12 jun 2011

Fotografía en asepsia

Está bien, lo confieso. Soy un anticuado ser del siglo XX. Me gustan las camisas pasadas de moda, la música de más de treinta años y las fotografías en papel. Esto último, tal vez, es lo que más me distancia de las nuevas maneras de retratar al mundo.
     Pero antes de mi linchamiento virtual, quiero aclarar que no tengo nada, absolutamente nada contra los avances tecnológicos; y menos en el campo de la fotografía. No piensen que soy uno de esos retrógrados que aún recorta los negativos con bisturí (negativos? Qué es eso? pensarán los más jóvenes) y que cree que lo digital es un formato demoniaco que arrebata el alma del arte. No, nada por el estilo. Tengo, junto a mi reflex análoga (intraducible) que, lamentablemente, cada vez uso menos, una cámara digital muy moderna, con zoom electrónico y tarjeta de memoria. Me parece maravilloso tomar centenares de placas (ya sé que el término está desactualizado) sin preocuparse por cambiar de rollo (Rollo? Qué es eso?) o tener que invertir horas inclinado con lupa ante un contacto (Contacto?).
     Entonces, qué es lo que me molesta? Tal vez sea esa parte de mí que se acerca a la tercera edad y empieza a ensayar con las chocheras, pero me fastidia sobremanera la nueva actitud hacia la fotografía. Para retratarla, he aquí un relato imaginario que todos ustedes podrán reconocer en la realidad. Supongan una reunión cualquiera en un restaurante o casa familiar. Sonríen los amigos, se abrazan e, inevitablemente, llega el momento de la foto. Antes rodaban dos o tres cámaras fotográficas que sólo podían ser de dos tipos: la caserita con un único botón que nunca se desenfocaba y en la que siempre salía más paisaje que gente (y que eventualmente fotografiaba un dedo ancho y tosco); y la complicadísima de lente pesado y que no se podía manejar sin un curso en el sena. Por eso, cada fiesta tenía su fotógrafo oficial: algún pariente ocioso con el hobby y el dinero para alimentarlo. Hoy en día, ruedan cámaras digitales equivalentes a las caseras, pero junto a ellas, parásitas del retrato, vuelan las cámaras de teléfonos celulares que poco sirven, mucho alardean y nunca se pasan al papel.
     Segundo momento. Tras la foto en la cámara (o celular), todos (con más frecuencia las mujeres, debo señalar) se arruman sobre la pantalla para ver cómo quedaron. Actitud que, debo reconocer, es lógica, pues en el fondo todos saben que la imagen nunca pasará al papel. Eventualmente, y con algo de suerte, la verán en Facebook. Acepto que me estoy volviendo chocho, pero no me es fácil contemplar ese momento de narcisismo y vanidad. Y eso que soy narciso y vanidoso.
     Y el tercer momento me desconcierta. En la misma reunión, tras la comida, el baile y el chiste, se sientan en grupos aislados a ver las fotos que han tomado durante el evento. Y, como cada quien tiene sus celulares con cámara, los grupos son cada vez menores, sin descontar el conjunto unitario. Tal vez soy chapado a la antigua, pero cuando me reúno con mis amigos es para hablar y divertirme con ellos, no para sentarme frente a una pantalla diminuta en la que no se ve nada a chatear, consultar internet o mirar fotos. He tenido que presenciar en centros comerciales almuerzos familiares en los que nadie habla: todos están en su smartphone conectados con el mundo y distanciados entre ellos. Yo todavía soy de los que prefiere el contacto humano.
     Supongo que, en el fondo, soy algo retrógrado. Pero no por la tecnología, sino por el uso de la misma. Me gustaba la época en la que la gente hablaba entre sí, mirando sus labios y sus ojos, y no a través de un teclado. Disfruto las chanzas espontáneas y no los chistes leídos por internet. Prefiero las carcajadas a los emoticones. En fin, soy uno de esos seres prehistóricos, antediluvianos, anquilosados en sus gustos personales que se resisten a que la sociedad de consumo les diga qué hacer. En ese sentido,  esa ridícula rebeldía que me obliga a no seguir la moda como borrego digital, tal vez me haga más joven y moderno que muchos de los muchachos que conozco.

23 may 2011

El tiempo silencioso

La fábula es la siguiente: Un tipo de mediana edad, culto, adinerado, entra a su almacén de antigüedades favorito. Durante varios años ha comprado allí pinturas, jarrones y diversos artículos de los que se ha antojado como camafeos, bastones con empuñadura de marfil y espejuelos. En esta ocasión se siente atraído por un enorme reloj de arena. El anticuario, en quien confía ciegamente y que se ha hecho acreedor a ese honor, le asegura que tiene cien o doscientos años y alguna historia que no viene al caso pero que está muy lejana de supercherías o esoterismos. Es, simplemente, un noble reloj de arena que cuelga de dos soportes de roble que le permiten girar ciento ochenta grados para contar de nuevo las inexorables horas hasta que el flujo amarillo se detiene y espera otra vuelta. Habrá una corta negociación que finalizará con el cliente satisfecho y varios paquetes que incluyen una máquina de escribir, un acordeón de una sola hilera de botones curtidos y una preciosa lapicera de alguno de los países que desapareció tras la primera guerra mundial. El hombre llega a su casa, que en sí misma tiene aspecto de museo. Apenas se puede percibir el color de las paredes tras el tapizado de pinturas de diversas épocas, muebles antiguos, fotografías en sepia y la innumerable colección de objetos perdidos en el tiempo, victrolas, microscopios, sables, candelabros, etc. El hombre desenvuelve sus regalos y, tras mover dos o tres objetos de lugar, como para distraerlos de su monotonía, los acomoda en su nuevo hogar. El último, por ser el más frágil, es el reloj de arena que pasa a ocupar un destacado sitial encima de un buró francés, desplazando quizá a un reloj de péndulo en un curioso proceso de involución tecnológica. Finalmente, y como para cerrar el proceso y dedicarse a otra labor, el individuo gira la clepsidra y espera la caída de la arena, pero ésta se queda en la bombilla superior. Sorprendido y algo indignado, golpea suavemente con los dedos el cristal mientras murmura un “bah”. En ese momento cae un pequeño número de granos, pero el flujo se detiene de inmediato. El hombre se cruza de brazos y piensa que por primera vez el anticuario lo ha estafado. Por costumbre, como suelen hacer las personas que viven solas, termina en voz alta la frase que está pensando y exclama: “mañana vuelvo y hago el reclamo”, pero entonces la arena cae suave y constantemente, aliviando la preocupación del ofendido cliente. “Ah, no era nada”, dice satisfecho y vuelve la espalda al reloj para dedicarse a alguno de sus oficios sin notar que los granos se detienen de nuevo. Al día siguiente, el hombre llega tarareando una canción, contento por algún negocio que ha tenido buen fin, y da un par de vueltas por su apartamento, sin dejar de notar su nueva máquina vieja, su acordeón mudo y su reloj en el que la arena cae sin sospecha. Sin embargo, en su alegría no se da cuenta de que la arena en la bombilla inferior es muy poca y que han transcurrido más de doce horas, lapso que no concuerda con la cantidad recogida. El hombre se distrae de nuevo y, cuando deja de canturrear para leer el periódico acompañado por un emparedado de pavo, la clepsidra se detiene lejos de su mirada. Pasan dos o tres días y el tipo, embebido por sus negocios, ignora los cuadros, vasijas, bastones y, desde luego, al reloj cuya arena avanza y se detiene sin que nadie descubra su errático ritmo. El sábado, sin embargo, el hombre habla por teléfono con una chica a la que quiere convencer de salir a una discoteca, y quizá parodiando la pista de baile da vueltas por la estancia intercalando piropos y propuestas. Varias veces dirige la mirada al reloj, cuya arena fluye tranquilamente, sin que él note la paradoja temporal. De pronto, la chica del teléfono recita una larga lista de compromisos que le impedirán la salida y el callado hombre ve que la arena se detiene. “Carajo”, pensará un momento y se acercará a examinar el reloj mientras escucha, ya sin interés, la perorata de la muchacha. Agita las bombillas un par de veces sin resultado alguno y se resuelve a regresarlo al anticuario. En el momento en que da la espalda y se dirige a su habitación por la libreta de teléfonos, quizá pensando en otra consorte, se despide cordialmente de la dama y no puede ver que la arena cae nuevamente. Para alegrar un poco la existencia del pobre tipo, digamos que tiene una gran velada con otra muchacha, una buena cena, media botella de vino y un sexo cálido y amigable en un motel relativamente elegante. El domingo, para celebrar su resaca, toma jugo de naranja y da vueltas en bata por su sala de museo. Se dirige de nuevo al paralizado reloj con un gesto de decepción y, tras dos o tres papirotazos en el vidrio, dice rencoroso: “debí ensayarlo primero”. Al punto resbala una pizca de arena que se detiene con el silencio. Él mira sorprendido e incrédulo y dice, cual conjurando un fantasma: “hey”. La respuesta son dos granos que se arrojan suicidas al vacío que ya no está tan vacío. “Hola, hola, hola”, pronuncia el tipo como si probara el sonido de un micrófono y observa atónito el desfile de arena que se detiene junto con su voz. Sólo entonces advierte que durante casi una semana apenas ha caído una parte del contenido del reloj. Tras dos o tres minutos más de pruebas, el hombre entiende la lógica de la clepsidra, que ya habrá usted adivinado: La arena sólo cae cuando él habla. Como el individuo es culto y letrado, se forjara un montón de hipótesis fantasiosas acerca del tiempo de los hombres, de la inmovilidad del silencio y de la trascendencia de la palabra. Y tras días de silencioso cavilar llega a una preocupación terrible: Qué sucederá cuando, tras tanto hablar, finalmente se vacíe la bombilla superior? Será acaso el fin de su voz? De su tiempo? Llegarán entonces las parcas a cortar el hilo de su existencia? La idea lo aterra y, desesperado, trata de hallar en silenciosas bibliotecas las respuestas que no tiene pero la búsqueda es infructuosa. Por momentos se siente tentado a girar de nuevo el reloj pero teme las impredecibles consecuencias: Se devolverá el tiempo? Se devolverán sus palabras? O, siendo menor la cantidad de arena en la bombilla inferior, le quedará menos vida que antes? También contempla la posibilidad de acostar el reloj y detener el proceso en la horizontalidad pero sospecha que eso sería tanto como detener el tiempo y, posiblemente, finalizarlo, lo que equivaldría a su muerte o, peor aún, algún estado comatoso del que sólo podría salir cuando alguna casualidad enderece de nuevo el reloj. El temor lo atormenta durante días y se enclaustra callado, más aún que el acordeón, mientras las ideas zumban en su cabeza como avispas en un globo. Finalmente, decide que el miedo no es vida y sale a la calle a buscar respuestas, pero ya no en los libros, sino en las personas. Va donde el anticuario, quien repite la historia del día de la venta y lo contacta con un comerciante de arte que, a su vez, lo remite a un caserón antiguo donde una anciana casi sorda lo hace recorrer varios establecimientos de otra ciudad; y en uno de ellos se ve obligado a tomar un avión hasta otro país, digamos Holanda. Allí se entrevista con el que, presumiblemente, fue el primer dueño de la clepsidra. Valga anotar que en cada estación el tipo ha tenido que preguntar y explicar lo que necesita, a veces referir la historia parcial o totalmente; y en su aterrada imaginación sabe que eso significa una cuenta hacia atrás en su tiempo, en los granos de arena por caer, en el número de sílabas por pronunciar. Un destino horrible, no le parece?
     Sí, me parece bastante tenebroso.
     Bueno, pues esa es mi situación. Le suplico, señor Van de Kerkhof, no recuerda nada que su padre le haya dicho sobre ese reloj?

El holandés mira indiferente al hombre, sin ningún atisbo de asombro o incredulidad. Sólo cuando los segundos pasan se puede entender que está escarbando en su memoria.  
     Mi padre murió hace muchos años y no recuerdo que alguna vez se haya referido al reloj. Sin embargo, su media hermana Inge vive en Hamburgo y sé que fueron muy unidos en su niñez. Es probable que ella sepa algo que pueda ayudarle.
          
La fábula termina con el hombre suspirando resignado mientras escribe las señas de la anciana. No sabe cuántos granos de arena le queden, no sabe qué pasará cuando la bombilla se vacíe por completo, y, sobre todo, no sabe cuánto tiempo podrá relatar la misma agonía hasta que alguien le dé una respuesta.

14 may 2011

La Feria de feria

Algunos amigos, que no entienden lo divertido de los libros o de deambular rodeado de libros o de conversar con tipos que escriben libros, me preguntaban qué tanto podía hacer yo durante una semana en la Feria del Libro. Desde luego, aunque repita demasiado la palabra, uno va a la Feria a comprar libros, claro que sí. Alguien demasiado práctico pensará en ir directamente al stand donde consigue lo que busca y se irá sin gastar tiempo en lo innecesario.
     Pero eso es exactamente de lo que se trata, de gozar, gastar el tiempo en lo inútil y superfluo: navegar entre anaqueles y sonrisas sin rumbo determinado, oteando el horizonte por si la ventura nos encuentra con un título afortunado o un tomo perdido desde décadas. Más o menos lo mismo que hacen algunas personas superficiales, que recorren los centros comerciales desesperados por un par de zapatos que les hagan olvidar sus problemas existenciales; sólo que los que amamos la lectura lo hacemos para recordar nuestros problemas existenciales.
     Y, claro, además de los libros están los escritores. La mayoría de los libros que leemos fueron escritos por personas que ya murieron. No solemos encontrarnos en una cafetería o en la fila de un banco con un escritor. La profesión "escritor" no sale en ningún formulario. Se suele pensar que son unos seres extraños, de otro mundo, quizá unos viejos aburridos que sólo salen en televisión hablando, justo, de lo que uno no ha leído. Pero en la Feria los vemos todo el tiempo. Caminan por los pasillos, no sólo con libros bajo el brazo, sino con cómics para el nieto, discos para la esposa y vino para los amigos. Y no son los viejos aburridos de la tele, son personas que van al médico, se quejan del precio de la gasolina y beben entre carcajadas cantidades de whisky capaces de derrumbar un elefante. Y siempre están dispuestos a regalar una sonrisa y una dedicatoria.
     Pero, incluso si no nos gustan los escritores por beodos y pedantes, podemos ir a la Feria a disfrutar de todo lo que hay. Música, teatro, crispetas... siempre hay una feria en la Feria. Además de conversatorios y exposiciones; los niños hallarán quién les narre un cuento o quién les dibuje a Batman; las mamás encontrarán el recetario mágico o la guía para la vida de su hijo; hasta los que no saben qué leer encontrarán el libro que les indique qué leer. Libros con dibujos, con títeres, con fotos y hasta sin letras esperan en la gran fiesta. 
     Sobra decir que los escritores, entre los que me precio de estar sin ser viejo ni aburrido, somos los que más nos gozamos la Feria. Es más, todas las noches, tras los consabidos whiskys, cuando el público se está retirando y nos quedamos solos con nuestras anécdotas, es cuando empieza nuestra verdadera feria.

24 abr 2011

Escrito en la Grama, Antología de Relatos Colombianos sobre Fútbol

Escrito en la Grama es un libro que, de brillante manera, combina dos universos que suelen parecer antagónicos: la literatura y el fútbol. La primera, pensada como un arte mayor al que sólo acceden los eruditos; y el segundo, pasión visceral de un pueblo que se desespera por un triunfo o una derrota; se funden en un solo latir, en un partido de doscientas páginas llenas del sabor del deporte pero urdidas con la maestría que sólo los literatos pueden crear.
      Los veintisiete cuentos incluidos en la antología pertenecen a autores colombianos que varían desde los grandes pesos pesados de nuestra literatura, como Álvaro Cepeda Samudio, Juan Manuel Roca y Fernando Soto Aparicio; hasta valores más recientes como Carlos Patiño Millán, Margarita Posada o Harold Pardey. En este abanico, encontraremos textos de Umberto Valverde, Oscar Collazos, Orlando Mejía, Daniel Samper Pizano, Evelio Rosero Diago, Juan Diego Mejía y toda una selección nacional de escritores que redactan historias de amor, de fracaso y de gloria, todas enmarcadas por la blanca línea de cal de una cancha de fútbol. Por estas páginas desfilan los recuerdos del Maracanazo, del 5-0, del Mundial del 86, de las barras de la Mechita, de los torneos escolares, de la Cali de los 60, de los barrios polvorientos donde niños corren descalzos tras un balón. Se trata, sin duda, de un libro que enamorará, incluso, a aquellos que creen que el fútbol se trata de once tipos en pantaloncillos; pues sus relatos están hechos de la misma materia de la que se fabrican los anhelos de los deportistas o de los escritores, ese deseo inacabable de gloria que sólo se puede alcanzar con un tintero o un golazo.
     Bienvenida sea, entonces, este vibrante libro compilado por Oscar Perdomo Gamboa y Hernando Urriago Benítez, jóvenes autores que ya han sido laureados en las lides de la novela y la poesía y cuyas carreras alcanzan hoy un nuevo triunfo. ¡Que ruede el balón!

18 abr 2011

Ozzy, I'm coming home. Crónica de un concierto del Príncipe de las Tinieblas

Cuando era adolescente tenía dos sueños: recorrer el mundo en una Harley Davidson y ser el mayor rockero de la historia. Por supuesto, pronto la vida y el tercermundismo me relegaron a la buseta y al salario mínimo, pero los sueños perseveran, así sea como recuerdos de un pasado que pudo ser. Lejana ya mi pubescente juventud, pude comprarme una moto. No una Harley Davidson para recorrer el mundo, sino una de corte parecido pero una décima del precio. Y la distancia que recorro es una milmillonésima de la original alrededor del globo. De la misma manera, mis ídolos de juventud han ido destiñéndose con el tiempo, llenos de arrugas y encerrados en mansiones, lejos de los escenarios donde brincaban y escupían sangre a sus seguidores. La crisis de la mediana edad acecha con cada calendario. Ya no sé cuáles son los grupos de moda y me desespero en una discoteca porque la bulla de ahora me parece insoportable. Pero los sueños siguen allí, jóvenes por siempre.
     Y entonces decidí cumplir, al menos en apariencia, como a través de un papel calco, una parte de mis sueños. Me fui en mi moto con actitud arrogante, pantalones de cuero y el cabello al viento, a darle la vuelta al mundo hasta encontrar un concierto de rock. La metáfora, por supuesto, sólo cubrió la ruta Cali-Pereira, pues la lluvia me recomendó seguir el viaje en bus. Secuelas de la edad. El Oscar joven y temerario se le hubiera enfrentado a las montañas con huracán, derrumbe y muerte segura. El Oscar actual consulta el pronóstico del clima en la página del IDEAM y resuelve pagar el tiquete en flota hasta Bogotá.
     Pero nada de eso importa, porque el objetivo es joven aunque haya un viejo de por medio. El rock tiene sus íconos, pero el mayor de todos, el epítome de todo lo malvado, la encarnación viva de la música es Ozzy Osbourne. El que lideró la banda que creó el metal, el que le arrancó la cabeza a un murciélago de un mordisco, el que trató de matar a su mujer en medio de la locura, el que ha acabado su salud consumiendo todo tipo de drogas y químicos, el que personifica todos los vicios, toda la irresponsabilidad, toda la degeneración que merece un rockero. El ídolo de todos los que buscamos la autodestrucción a través del arte. Ozzy, de sesenta y pico de años, es más rockero que cualquiera de los adolescentes que se desgreñan entre guitarras eléctricas. Él es el púber eterno que todos añoramos. Hoy voy a escuchar a un anciano que canta música más vieja que yo pero que representa todo lo que es el rock, todo lo que amo, todo lo que quise ser.
     Yo todavía no soy anciano, y espero no serlo, pero ya las horas en bus me cansan la espalda. El aire capitalino me parece más frío y me tomo una pastillita de vitamina C para que no me afecte el clima. Me voy al concierto con una chaqueta de cuero llena de hebillas, al mejor estilo de James Dean, pero también llevo una chompa impermeable por si llueve. Todavía tengo el pelo largo y moriré con él, pero me aterra que se moje con la lluvia y me traiga una gripa que me recuerde mi edad. Ozzy es un viejo chocho, me dicen los amigos que se negaron a ir al concierto, pero yo me comporto de la misma manera. El rock and roll no muere sino que sobrevive terco y achacoso en sus ídolos y sus seguidores. No me importa que Ozzy sea un anciano patético. Ya lo vi derrotado por la droga, ridiculizado en un reality y haciendo comerciales con Justin Beaver; ya nada peor puede pasar. Pero Ozzy es como el Cid Campeador, cuyo cadáver ganaba batallas. Ozzy, o el cadáver de Ozzy, pueden dar un concierto.
     Y sus seguidores estamos igual. Los jóvenes no fueron al concierto, ellos estaban escuchando música para jóvenes. Los que estábamos esperando al Príncipe de las Tinieblas éramos los treinta-cuarenta-cincuentones que todavía teníamos sueños por purgar. Algunos calvos, otros canosos, otros con lentes, pero todos con camisetas negras buscando el elíxir de la eterna juventud en la saliva de un degenerado. Yo, que dedico mis días a escribir versos que no sobrevivirán a la erosión, sigo pensando que pude desperdiciar mejor mi vida, que pude estar trepado en un escenario exhibiendo mi pudibundez y mi miseria. Igual lo hago con las letras, pero el rock es más divertido.
     Y por fin, cuando la paciencia nos hace pensar que sería mejor ver un DVD con un par de cervezas, sale el semidios vomitivo. Es, en efecto, un anciano cuyas arrugas han sido borradas por cirugías hollywoodenses; que camina con pasos lentos como dice la canción de Piero, que nada tiene que ver con el rock; que mira a la nada del público con ojos idos, desorbitados, como poseídos por la droga o la locura. Pero el que nos mira es el rock, la decadencia de una vida incestuosa y envidiada. Por eso gritamos como acólitos demoníacos, como las huestes que traerán el fin de los tiempos al que, tal vez, sobreviva el tembloroso Ozzy. Pero ya no somos los mismos. En lugar de los encendedores con que iluminábamos las baladas inmortales, se levantan cámaras y celulares que pretenden guardar el evento para la memoria digital y lo único que consiguen es obstaculizar la mirada y perpetuar la estupidez. Y, para sorpresa de todos los que temíamos ver un abuelito decrépito y lastimero, el Príncipe de las Tinieblas se apodera del escenario con la voz que corrompió generaciones. Es la misma alma joven y eterna del olimpo de los rockeros la que habita en ese cuerpo fofo y derruido. Ozzy camina vacilante por la tarima, pero se ve en su mirada que quiere correr y volar sobre el escenario. Aplaude arrítmico animando al público que no para de gritar. Se inclina tembloroso moviendo su cabello largo y tinturado al vaivén de la estridente guitarra y todos sufrimos por él. "Se va a caer", "se torcerá un tobillo", "habrá tomado el calcio suficiente?" Y Ozzy nos agradece aullando, mirando como sólo los condenados saben hacerlo, arrojándonos a la cara su juventud de sesenta años.
     Nosotros, que hemos visto morir nuestros sueños, nos alejamos de nuestro propio patetismo. Nuestro ídolo regresa a sus paraísos artificiales, a sus millones de dólares y sus jovencitas drogadas y lujuriosas. Viejo tonto y acabado, decimos muertos de la envidia, muertos en vida porque debemos regresar a nuestras oficinas, a nuestra cotización para la pensión, a nuestra vitamina C. Yo, particularmente, ni siquiera puedo volver a mis sueños frustrados porque mi moto se quedó en Pereira. Debo contentarme con viajar en un bus escuchando en un Ipod la vida que nunca tuve y deseando la muerte que nunca tendré.

7 abr 2011

Discurso para la ceremonia de Profesor Distinguido

We don’t need no education 
We don’t need no thought control 
No dark sarcasm in the classroom 
Teachers, leave the kids alone 
All and all you’re just another brick in the wall 
PINK FLOYD 

Para quienes aún no se han vinculado con el bilingüismo, se trata de una cita de una muy conocida canción de rock que traduce “no necesitamos educación, no necesitamos control del pensamiento, no oscuros sarcasmos en los salones de clase, profesores, dejen a los niños en paz. Después de todo, sólo eres otro ladrillo en el muro”. 
     La metáfora del muro, cantada por Pink Floyd, tiene diferentes interpretaciones. Necesariamente un muro se construye para separar, para proteger, para aislar. Pero nosotros no somos constructores ni albañiles. Somos profesores. Así que preguntémonos por qué alguien, así se trate de un grupo de músicos británicos, podría suponer que no necesitamos educación y que somos ladrillos en una pared. 
     Vivimos en un país que no es perfecto, eso lo sabemos. Un país que adolece de todos los males imaginables; pero el que más nos hiere a nosotros como docentes es la falta de educación. En Colombia, lamentablemente, la educación no es un derecho como lo dictan la constitución y la lógica, sino un privilegio al que sólo un porcentaje de la población tiene acceso. Los muros, que no existían para Epicuro cuando decidió instaurar su escuela de filosofía en los jardines de Atenas, se alzan ahora en nuestras fronteras internas. Dividimos a las personas entre quienes han tenido acceso a la educación y quienes no. Nos catalogamos como analfabetas, bachilleres, tecnólogos, profesionales, doctores y varias estratificaciones que a veces sirven más para aumentar la altura de los ya demasiados muros que escinden nuestra sociedad que para echar por tierra esos prejuicios. Décadas de violencia y corrupción han levantado atalayas inexpugnables para aislar al pueblo del pensamiento que le permitirá convertirse en dueño de su propio destino y no seguir siendo esclavo de intereses creados, de corbatas y quepis y sotanas. 
     Hay que derribar ese muro, desde luego. Ese gigantesco muro de desigualdad social que sufre nuestro país. Pero esto sólo se puede lograr con la educación. Y los que estamos en estos claustros, los privilegiados, valga recordar, que podemos acceder a los salones de clase, somos los que tenemos las herramientas, las armas para derribar esa barrera. De qué servirá graduar profesionales que sólo se interesen en llenar sus egos con automóviles caros y cirugías estéticas si la juventud a media cuadra aún carece de la libertad para estudiar? Estos títulos que otorgamos semestralmente, esos jóvenes que egresan orgullosos de nuestros claustros, deben tener la misión de derribar esas fronteras, de trabajar en pro de la población a la que le ha sido robado su derecho a la educación. Ya que tenemos la oportunidad de estudiar esas diferencias sociales, de ver donde otros han sido vendados, es deber de los egresados de ésta y todas las universidades ser la voz que derribe el muro y no el ladrillo que lo refuerce. 
     Pero, se estarán preguntando algunos, no íbamos a hablar de los profesores? Esto parece un discurso de grado… Y tienen razón. Quizá estamos pasando por alto que el estudiante, el egresado, no se da por generación espontánea. La academia le endilga a sus pupilos la responsabilidad de cambiar la sociedad, pero, como sabiamente decían nuestros abuelos, “la caridad comienza por casa”. No queremos que nuestros estudiantes sean ladrillos en un muro, claro que no. Mirémonos ahora y preguntémonos. Somos acaso nosotros un ladrillo en la pared? Un eslabón más en una cadena insípida y monocromática? Son nuestros salones de clase una prisión obligatoria para alcanzar el estatus que asegure un mejor sueldo o son un espacio de reflexión que permita ablandar el cemento de esos ladrillos que dividen a los colombianos.      
     Nosotros, educadores, tenemos una doble obligación. Por un lado, como personas, como ciudadanos, como compatriotas debemos luchar por derribar esos muros y devolverle a las generaciones futuras los derechos que les han sido arrebatados. Y como docentes, como maestros, tenemos el noble deber de alentar el conocimiento, avivarlo como una brasa que pueda convertirse en un incendio purificador. No vamos a alimentar nuestros egos suponiendo que nosotros tenemos el saber y que de manera magnánima lo compartimos con nuestros estudiantes, eso es lo que criticaban Epicuro y Pink Floyd. Esos son los ladrillos en la pared, los que impiden que los estudiantes lleguen al conocimiento de la única manera posible, a través de ellos mismos. Y este saber, desde luego, no se trata de integrales triples, pirámides invertidas o verbos irregulares. Se trata de la capacidad de evaluarse a sí mismos y a la sociedad que los rodea, que perciban las terribles injusticias en las que han nacido y se decidan a escribir un nuevo futuro para su nación. 

     Esa es nuestra misión real, despertar en los estudiantes la necesidad de conocer, de investigar, de criticar y mejorar su sociedad. Más aún en un país donde el dinero fácil y el consumismo sumergen a la juventud en una languidez bobalicona, un estado de confortable insensibilidad, como diría Pink Floyd en otra canción. Ese es nuestro verdadero objetivo, más allá de los torreones y los laboratorios de química. Podemos ser una universidad abierta, como el jardín de Epicuro. Podemos ser una sociedad abierta, donde la pluralidad y la libertad sean los colores de nuestra bandera. Pero todo eso empieza con nosotros, los docentes, en nuestras cátedras que también deben ser espacios abiertos, sin lugar a murallas que limiten el saber y el cuestionar. 

     No queremos muros en nuestros salones de clase, y si alguno de nosotros tiene que ser un ladrillo, que no sea el que se une a la pared que divide sino el que se hace yesca y produce la chispa que inicia fuego. 

25 mar 2011

La máxima expresión de la libertad informativa

Cuántas personas murieron bajo el infame régimen de Laureano Gómez? Cuáles son las cifras de contaminación de la bebida más vendida del mundo? Hay exmilitares nazis en Barranquilla, Montevideo o Brasilia? Qué delitos se cometieron durante el (también infame) mandato de Uribe? En otras épocas, resolver estas preguntas hubiera requerido trabajo investigativo arduo. Hoy también, claro; algún historiador, periodista o curioso debe gastar su tiempo y trabajo hallando esas respuestas. Lo que quiero decir es que el ciudadano común debía esperar a que algún programa de TV accediera transmitir esa información, o buscar en librerías y bibliotecas la publicación con los mismos datos.  A veces, simplemente no había acceso a esas producciones y ese ciudadano se quedaba con la curiosidad o, peor, la ignorancia, y simplemente creía que Laureano o Uribe habían sido grandes presidentes.
     Pero eso no existe más. Usted, en este momento, tiene ante sus ojos la mayor y más grande herramienta para la difusión de información: Internet. Lo que los investigadores publican en Nairobi, Nueva Delhi o Ramiriquí está a disposición del mundo entero. No hay que salir de casa a buscar la revista especializada o rogar para que den el programa que nos interesa, todo lo encontramos ya, en nuestro cuarto. Y, lo mejor, gratis.
     Tan maravillosa es esta herramienta, que nos proporciona la libertad que sólo se soñaba en la ciencia ficción. Cualquier hijo de vecino (como yo) puede abrir un blog para escribir sus opiniones, colgar sus fotos, videos o caricaturas y estarán, instantáneamente, al alcance de un planeta. En youtube, al lado de Verdi y Stevie Wonder, están Wendy Sulka o la niña que toca en organeta a Lady Gaga. Lo mismo se puede ver un cuadro de Magritte que la foto del perrito del vecino. Podemos leer a Umberto Eco o a Perdomo Gamboa (sugiero al primero). Y, claro, podemos acceder a la información que nos han ocultado los gobiernos, los gremios y las multinacionales. Con sólo un click podemos saber qué químicos hay en la lata de salchichas, cuántas hectáreas de Amazonía se destruyen diariamente o los delitos de ciertos gobiernos. Podemos leer el País de Madrid (España) desde Madrid (Cundinamarca) y podemos ver, sin censura, los documentales que jamás transmitirán por la televisión oficial, o evaluar las noticias que los gobiernos quieren tapar a toda costa. Wikyleaks es el último ejemplo.
     Pero, como siempre, el problema no es de flecha sino de indio; no es la herramienta sino el usuario. El mayor uso de Internet no es cultura sino pornografía (no tengo nada contra la pornografía, sólo que no creo que deba ser una prioridad). No usamos internet para ser mejores personas sino para idiotizarnos más. La trivialidad reina implacable y nos interesan más las páginas que cuentan el chisme de la celebridad de turno o venden zapatos que la que nos cuenta las atrocidades de un gobernante.
     Pero aún pienso que el futuro es promisorio. En blogs o redes sociales, además de las fotos de los borrachos de la fiesta y la canción de moda, podemos colgar información, denuncias, investigaciones que permitan a los compañeros de ciberespacio darse cuenta de las horribles tramas de nuestra sociedad. De tanto repetir, algunas mentes y actitudes se irán cambiando. Y esa libertad, inalienable, como todas, está a sólo un click de distancia. Sólo falta, como con todas las libertades, que nos decidamos a ejercerla.

16 mar 2011

Desastre

Muchos de mis amigos (casi todos, de hecho) me detestan. No porque sea odioso ni perverso, sino porque nunca pude tragarme la actitud chauvinista de defender el país a capa y espada. Acepto, y cualquiera que pierda su tiempo repetidamente leyendo este blog puede comprobarlo, que suelo ser cínico y cruel cuando critico a Colombia, pero esto no es gratis. Si lo hago es porque me duele la corrupción e indiferencia, y la única manera de calmar esa sensación es la ironía. No es la mejor, de acuerdo, pero es la única que tengo. Y dudo que haya alguien que piense que la solución a los conflictos es ocultarlos o ignorarlos. Colombia tiene problemas, y graves; pero lo primero que tiene que hacer, como los alcohólicos, es reconocerlo en lugar de autocomplacerse diciendo que somos el mejor vividero del mundo y todos esos mitos que, al esconder una realidad, eternizan una problemática.
     El ejemplo más reciente, para volver a exponer mi humanidad al escarnio público y al rincón del paria: El terremoto en Japón y su hermano tsunami asestaron un duro golpe al país nipón, nación que ha sobrevivido a desastres naturales y guerras nucleares. Tuve oportunidad de ver videos de ciudades destruidas en las que los sobrevivientes de los albergues, en perfecto orden ciudadano, esperaban su turno para recibir la ración de comida, y luego salían en escuadrones a buscar desaparecidos y rescatar cadáveres. Una nación unida y solidaria, pensé con envidia.
     Porque en nuestro último desastre natural tuve que ver en vivo y en directo el fenómeno opuesto. Tras el terremoto del eje cafetero desfilaron decenas de buses y carros con colombianos dirigidos a la zona del desastre. A buscar desaparecidos y rescatar cadáveres? No. Al saqueo. Se metían en las casas abandonadas sin importar si habría o no sobrevivientes y se robaban una licuadora, una plancha o unos pantalones. También fueron muchos más a ayudar, claro; pero que a alguien, a muchas personas, de hecho, se le ocurra despojar a los damnificados de lo poco que les quedaba es inhumano, por decir lo menos.
     Ésta es la Colombia que queremos ocultar. O, al menos, la que seguramente se contrarresta con una imagen bonita de ancianos tocando acordeón o niñas donando su domingo a los damnificados del invierno. Cuál es la verdadera?

1 mar 2011

Injusticia mediática

Cada día Colombia me desconcierta más. No sé qué adjetivo usar. Paradójico? Obtuso? Ridículo? En una semana, en Barranquilla, sucedieron dos cosas contradictorias. Primero: Al jugador Luis Moreno, que pateó una lechuza, se le vino el mundo encima por crueldad con los animales. Y al jugador Javier Flórez, que asesinó a tiros a un hincha y fue dejado en libertad, le permiten jugar en torneos nacionales.
     Vale más el escándalo de un inocente animalito que el olvido por un ser humano asesinado? O la indignación ante un homicidio sólo se presenta cuando la noticia vende? Habrá justicia para la familia del hombre muerto? Todo queda olvidado cuando se presentan excusas con los ojos llorosos? No quise patear la lechuza, sólo lanzé un puntapié hacia ella, pero no quería patearla! No quise matar al tipo, sólo disparé mi arma varias veces, pero no quería matarlo!
     Mañana habrá alguien que recuerde estos eventos? Siempre que se presenta alguna de estas canalladas se desgarran vestiduras, se dedican horas de noticieros y se derraman lágrimas de arrepentimiento. La gente sale a marchar y a protestar por lo innombrable, pero a los dos días el olvido sepulta la noticia ante el nuevo escándalo.
     Y nunca hay justicia. Donde prevalece el show y el olvido no puede haber justicia.

11 feb 2011

Moto y circo

Una vez más está en la mesa la polémica: deben las motos pagar peajes? Apenas la idea volvió a rondar por las legislaturas (a modo de mico, además), rodaron las protestas. Pequeño escándalo de por medio, la propuesta se echó para atrás. Algunas cosas quedan en claro: Primero, cuando no se confía en un gobierno es obligatoria la vigilancia; segundo, la protesta es necesaria y efectiva.
     Sin embargo, muchas voces sostienen que las motocicletas sí deberían pagar peajes. A fin de cuentas, están usando la malla vial. En eso tienen razón. Lo que sucede es que el desgaste que produce una motocicleta en una carretera es mínimo, por no decir inexistente. Desde luego, de todas maneras se usa, así que debería pagarse un peaje menor, pero peaje al fin. No lo niego, sólo que con esa lógica también habría que cobrar a las bicicletas e, incluso, a los peatones.
     Pero el problema no es ese. El punto es que los motociclistas no existen para el gobierno. No hay vías, reglamentaciones, programas educativos, control, etc. Los motociclistas sólo existen cuando hay dinero para quitarles. Sobra decir que igual sucede con la educación, la pequeña industria y, en general, con lo que los pobres consiguen con las uñas y en contra de la corrupción del país. Apenas una persona humilde construye algo aparece el gobierno exigiendo su tajada, pero nunca colaboró para ese desarrollo y, en cambio, lo torpedeó con la corrupción.
     Las motocicletas, salvo los clubes de alto cilindraje, suelen ser un medio de transporte y herramienta de trabajo para la clase baja. El estrato seis tiene su auto por lujo, su camioneta enorme que grite al mundo su estatus; y entre más costoso el carro, más importante el dueño. En la parte baja de la pirámide social la motocicleta es una necesidad. Los usuarios se empeñan por cuatro años para pagar dos millones de pesos y, claro, tienen que pagarla más cara. Malos negociantes? No! Simplemente no tienen el dinero en efectivo porque sus recursos son escasos. Y esa motico es la que les permitirá ahorrar en transporte (que en Colombia es ridículamente caro) y que su presupuesto rinda un poco más. En general, la moto es una manera de salir de la pobreza.
     Pero eso irrita a la godarria. El que tiene su carro de ochenta millones que cambia cada año por gusto, se molesta con el gamín que vende chicles, el desplazado que le limpia el parabrisas y, cómo no, el motociclista que amenaza con rayarle la pintura. Hay demasiadas motos! Se quejan rabiosos de que las  vías que eran para sus carros ahora estén atestadas de motos. Pero no se les ocurre que la solución es acondicionar las vías (y menos aún generar mejores economías) sino que hay que eliminar las motocicletas. 
     Nadie va a negar que hay infinitas imprudencias de motociclistas que terminan en accidentes fatales. Pero el problema no son las motos sino la falta de educación. La prueba está en que todos los días atrapan buses, taxistas, carros del año, camionetas de traqueto y todo tipo de infractores conduciendo borrachos, atropellando peatones y cometiendo las mismas imprudencias que el de la moto. Nadie se pone a pensar que el motociclista está mucho más desprotegido que el que va en una caja de metal. Y, como en las calles colombianas no hay dios ni ley, todos hacen lo que se les da la gana.
     No hay educación ni formación. Sin ella, nos mataremos en motos, carros o, como pasa todos los días, a navajazos y disparos. Pero no puede haber educación mientras sigan gobernando los corruptos que, sabemos, sólo quieren esquilmar al pueblo. Los posibles peajes de las motos, que deberían servir para acondicionar vías y promover programas educativos, seguramente se los robarían como todo lo demás. Los mismos automovilistas deberían saber que la gasolina y los peajes que pagan son los más caros de América Latina y que las vías dejan mucho que desear. Ellos también deberían protestar contra los gobernantes delincuentes en lugar de discutir con el vecino que es igual de víctima.
     En suma, el problema no es pagar o no un peaje sino saber que el país está tan corrompido que todo, por definición, será objeto del latrocinio. El problema es que el pueblo no se sienta representado y protegido por sus gobernantes sino explotado e ignorado por ellos. Y, lo peor de todo, que dejamos que nos hagan lo que les da la gana y nos limitamos al pan y al circo, aunque el pan cada día es más duro y el circo cada vez más ridículo.

1 feb 2011

Dulce compañía

Tengo un amigo que me acompaña a todas partes; y no es imaginario o mitológico, como algunos que conocemos por ahí. Utilísima compañía en filas de bancos, salas de espera, viajes largos y cualquier evento que me obligue a un tiempo muerto. En estos días, que tuve que ir a una sala de urgencias en una clínica, lo invité y gracias a él la espera fue más agradable. Como ya imaginarán, se trata de un libro. Todos hemos pasado por el desesperante trance de hacer colas interminables o esperar a que de alguna oficina nos atiendan. En algunos sitios públicos entienden el martirio y tienen periódicos y algunas revistas a disposición del cliente. Sin embargo, casi siempre se trata de ejemplares viejos y grasosos, a veces de años de antigüedad, que, desesperados, hojeamos con la esperanza de que su otear acelere el tiempo. Las peluquerías son buen ejemplo de ello, particularmente porque las lecturas que ofrecen suelen ser perversas: sólo revistas de moda o de chismes de farándula; eventualmente algún Condorito que, dadas las circunstancias, es recibido con agradecimiento.
     Por eso, hace mucho aprendí a llevar siempre un libro cuando debía enfrentarme a la sala de espera. Las veces que lo he olvidado he tenido que sufrir el desespero predecible. Leer, aunque suene a publicidad, es fácil, barato y entretenido. Sin embargo, esta idea tan aparentemente obvia no es general. El día al que me remito, en el que estuve más de cuatro horas en la clínica, yo era el único que tenía algo para leer. Ni siquiera estoy hablando de un libro de literatura, sino de cualquier revista, cómic, folleto... cualquier cosa que permitiera amainar el implacable paso del tiempo. Desde luego, los rostros de mis vecinos de espera eran terribles, se veía en ellos el aburrimiento, la fatal laxitud que, sumados a la preocupación por un ser querido, deben minar el ánimo de cualquiera. Y si a eso le sumamos la mirada sin párpado del televisor y la novela de turno...
     Curiosamente, no vi lo que he encontrado en muchos espacios parecidos: la gente ensimismada en un blackberry enviando mensajes o jugando. Y, por irónico que pueda parecer, esa misma semana fui testigo de la escena opuesta: una familia almorzaba en un centro comercial y, en lugar de hablar y compartir, cada cual estaba absorto chateando en su teléfono; ni siquiera se miraban. No me tomen a mal, no soy un retrógrado que detesta la tecnología. De hecho, me gusta resolver sudokus en mi celular, pero no cambiaría la sonrisa de una joven por un mensaje con emoticones.
     Dos conclusiones, si algo se puede deducir de estas líneas sin norte: la costumbre de andar con un libro, revista o el periódico bajo el brazo se ha perdido. Y con ella, la idea de que lectura es sinónimo de cultura. La otra conclusión es que las relaciones humanas están al borde de la ciencia ficción en la que todo es mediado por un artilugio electrónico. Y si perdemos lo que nos hace humanos...

17 ene 2011

Letravisión

Un amigo una vez dijo que esta nueva generación conocía los clásicos de la literatura a través de Los Simpsons. Es cierto, en ese fabuloso programa han parodiado a Shakespeare, Homero, Mark Twain y otros, sin contar apariciones de escritores como John Updike, Tom Clancy y Alan Moore. Desde luego, la afirmación de mi amigo no se refería a la calidad y variedad de Los Simpsons, sino a que los muchachos, que de por sí se supone que no leen, se quedarán con esas referencias de piel amarilla.
     Me permito diferir. Mi generación, que se supone es mejor que la actual y peor que la anterior, conoció los clásicos a través del Chapulín Colorado. Aunque suene a burla y los más jóvenes no lo sepan, ese no menos fabuloso programa también parodió a Calderón de la Barca, Cervantes, Goethe y muchos más, desde los hermanos Grimm hasta el Bardo Inmortal. Fue mi generación menos lectora por eso? Los que se interesaron por Mefistófeles se quedaron con la interpretación de Ramón Valdés en lugar de buscar el Fausto? Dudo que haya estadísticas al respecto y no las voy a buscar, pero sí diré que al que le gusta leer no lo detendrá un programa de televisión.
     Y no hay que salir de Colombia para encontrar parodias y adaptaciones. Sabados Felices, amado y odiado, tuvo en sus mejores épocas versiones del Quijote con el incomparable Humberto Martínez Salcedo. Hemos visto en la pantalla chica a María, La Vorágine, El Faraón y hasta a la Tía Julia con su Escribidor. Eran otras épocas, lo reconozco, en las que era más importante hacer buena televisión que vender frituras y promocionar modelos. Hoy eventualmente también vemos algún libro adaptado, como Rosario Tijeras, pero parecen más tergiversaciones para alentar el morbo y el rating que verdaderas búsquedas artísticas.
     Les pronostico lo que dañará la siguiente generación: La Internet. De hecho, eso ya lo dicen, no soy ningún clarividente. Siempre cada generación es inferior a la anterior, pero la culpa nunca es de los mayores, responsables de la formación de los jóvenes, sino de algo externo: la radio, el rock and roll, la televisión, los cómics, la Internet, etc. Nadie se responsabiliza por sentarse junto al niño que acaba de ver a Hamlet encarnado por Bart Simpson (o por Chespirito, da igual), motivarlo a leer la historia original y pasarle un libro.
     Entonces sólo podremos exclamar: "Oh! Y ahora quién podrá ayudarnos?"

21 dic 2010

Libertad y desorden

Este país es muy curioso. Supongo que todos lo son y que todos los seres humanos somos iguales en todo el mundo, idiomas más, costumbres menos, pero sólo tengo derecho a hablar de Colombia. En artículos anteriores, con derecho a insulto, he dicho que aquí hay gente irresponsable, inconsciente y hasta idiota. La hay en todos lados, repito, pero me preocupa la de acá porque son (somos) los que construimos este amago de patria.
     Al grano: Gracias a mi afición por el fútbol, asistí a la final del campeonato entre el Tolima y el Caldas (donde, para beneplácito de mis enemigos, el Glorioso Deportes Tolima fue derrotado). El estadio de Ibagué, con capacidad para treinta mil personas y que normalmente no supera las ocho mil, estaba abarrotado ese día. Desde tempranas horas de la mañana había gente haciendo cola y para las tres de la tarde que yo llegué, éstas bordeaban varias cuadras. Con mi familia, nos disponíamos a hacer la consabida fila cuando, al abrir las puertas, todo el mundo empezó a colarse. Qué hicimos? Lo que cualquier colombiano de bien haría: aprovechar el papayazo y meternos haciéndonos los pendejos. Más aún, alguien abrió un roto en una de las "vallas" que hicieron con guaduas y costal y la gente corría a través de él para entrar de primeros. Qué hicimos? Lo que habría hecho cualquiera de nuestros nobles compatriotas: correr por el hueco y llegar a la puerta a empellones. Resultado? Excelentes puestos en la tribuna.
     No siento orgullo al escribir estas líneas como tampoco lo sentí al contemplar el estadio desde mi localidad. El escritor, docente, pseudointelectual que vive criticando el poco civismo en Colombia cayó al nivel que tanto detesta. Excusas? Claro que las tenía, era la final del Tolima! Pero eso no vale nada. Eso es lo que dice la gente y ahora yo era parte de esa gente irrespetuosa y desconsiderada. Diré en mi mínima defensa, que la opción correcta, tratar de calmar al público y de organizar de nuevo la fila, habría sido inútil. Que igual todos se meterían a la brava y que yo, respetando la cola, sería de los últimos y en puestos malos; suponiendo que entrara, pues mucha gente con boleta se quedó por fuera.
     Más aún. Una vez dentro, la gente empezó a quejarse del despelote de la entrada. Y lo que decían era que "estaba muy desorganizado". Qué? Cómo así que "estaba" si los que pusieron el desorden fueron (fuimos) ellos! Si todos hubiéramos respetado la fila, habríamos entrado sin problema alguno. Pero, desde luego, la culpa nunca es de nosotros. Siempre es de alguien más, otros, entes sin rostro como "el gobierno" y cosas así. Nunca somos nosotros los responsables de lo que nos pasa. Son otros los que se cuelan en las filas, se pasan los semáforos en rojo y arrojan basura a la calle.
     No me queda sino la previsible quejica. Mientras los colombianos no seamos conscientes de que somos nosotros los responsables de nuestro país, no habrá libertad, paz, orden ni ninguna de esas palabras que suelen adornar los escudos.

2 dic 2010

Mente enferma en cuerpo enfermo

Hace poco contraté los servicios de una muchacha que me encerró en un cuarto, me pidió que me quitara la ropa y me acostó. Luego, pasó sus manos por mi cuerpo, me untó aceites y me hizo gritar. Al final, le pagué muy complacido por su trabajo. Lamentablemente, no se trata de lo que el despistado lector habrá imaginado. En realidad estoy describiendo una cita con mi fisioterapeuta, quien noble y amablemente trató de aliviar mis agudos dolores de espalda causados por treinta años de sedentarismo y alcohol.
     Ya escucho las carcajadas de mis enemigos: Perdomo Gamboa, el escritorzuelo que critica la humanidad y posee la verdad divina, reducido a problemas lumbares? Sí, señores. Ni más ni menos. Pobre iluso, me insultarán; cuándo fue el maestro Baudelaire a que le trataran alguna de sus dolencias del cuerpo cuando no soportaba las del alma? Dejó Allan Poe de consumir sus vinos preocupado por su menesterosa salud? No se enfrentó Hemingway a bestias salvajes sin contemplar sus espasmos musculares? La verdad es que no lo sabemos. La historia nos ha legado el mito de los poetas malditos que escupían sobre el mundo y se orinaban en dios, seres sobrenaturales cuya rebeldía era más grande que la censura y que sólo cedían ante su propia maldición. Nadie imagina a Rimbaud tomando un analgésico para el guayabo o a Dostoyevsky contemplando la efervescencia de una vitamina C. Los poetas sólo se preocupan por la vida espiritual, el cuerpo es un simple estorbo, la famosa cárcel del alma.
     No voy a contradecir eso. Sin embargo, diré que la cárcel de mi alma ya está algo mohosa. Como todos los mitos que he adorado, puse la mente romántica sobre el cuerpo pasajero y alimenté la primera con vicios que dañaban al segundo. No me arrepiento de nada; lo seguiré haciendo pues, como mis maestros, estoy condenado a mi propio mito. Sólo que ahora tengo conciencia del terrible destino que me espera y que no está en las idealizadas letras que me precedieron: Además de la perdición de mi alma debo atestiguar la decadencia de mi cuerpo.
     Si el día de mañana algún polluelo de poeta me lee y pretende aprender de mí le daré el mismo consejo que me dio mi maestro oscuro: Para no sentir el horrible fardo del tiempo, que destroza vuestras espaldas y os inclina hacia el suelo, es preciso emborracharse sin tregua. Sin embargo, añado una advertencia: El dolor de vuestras espaldas destrozadas os obligará a gastar en fisioterapeutas lo destinado a meretrices...

22 nov 2010

Lección de istoria

No, el título no es un error ortográfico. No es que haya olvidado lo que mínimamente sé hacer. El gazapo se trata de una irónica mirada a algo evidente pero que nos duele reconocer: desconocemos la historia. Y, peor todavía, nos acostumbramos a que nos la enseñen mal.
     Ejemplo que motiva este escrito: En pasados días fui con mis amigos del club de motos al bello y frío pueblo de Coconuco, en el Cauca. Una vez instalados en la hostería, peregrinamos por los lugares turísticos con un guía que debió darnos los desconocidos datos de la región, como el origen del nombre y mitos locales. Para mi triste sorpresa, la charla empezó con un horrible gazapo: afirmar que el fundador Tomás Cipriano de Mosquera (reconocido prócer de la independencia y cuatro veces presidente de la república) era español y que había sido el primer alcalde de Coconuco, que sólo fue municipio muchos años después de su muerte. El dato lo tenía muy claro por haber leído recientemente la obra de Víctor Paz Otero sobre la región ("Entre encajes y cadenas", y "El demente exquisito", no dejo de recomendarlos) A partir de ahí, empecé a sospechar de todo lo dicho por el supuesto guía. Luego caí en la cuenta de errores garrafales, como afirmar que los indígenas tenían sus cultivos de vacas en la región (así lo dijo, cultivos). No sobra recordar que el ganado bovino sólo llegó con los españoles, más específicamente con el segundo viaje de Cristobal Colón; los indios no conocieron la ganadería.
     No quiero alargarme en la retahíla de incorrecciones que nuestro malogrado guía nos dijo por el camino. Sin embargo, al conversar sobre sus errores con los compañeros de viaje, uno de ellos dijo algo que me asustó aún más: nos habíamos dado cuenta porque yo había leído al respecto, en caso contrario nos creeríamos todo lo dicho. Inevitablemente, pensé cuántas mentiras y errores garrafales nos habrán dicho a lo largo de nuestras vidas, cotidianamente en los medios de comunicación, para convencernos de verdades que no son ciertas.
     No leemos, no estudiamos la historia. Evidente es el lugar común, estamos obligados a repetirla, pero no como materia escolar sino como tragedia nacional.

11 nov 2010

El nuevo destierro

Por estos días me ocurrió una desgracia, una catástrofe, una tragedia! Me robaron? Me estrellé en la moto? Perdió el Deportes Tolima? No, peor que todo eso junto: perdí mi teléfono celular.
     Ya sé lo ridículo que suena. Particularmente, porque yo era de los que decía que el celular era una necesidad creada por la sociedad de consumo. Han pasado unos años desde mi lógica aplastante que afirmaba que si me llamaban al fijo de mi casa y no estaba, seguro me encontraba ocupado, por lo que no podrían contar conmigo para lo que fuera. Aún recuerdo mis críticas ácidas a los amigos que se enrolaban en la telefonía móvil, cuando cada llamada costaba mil pesos (de mediados de los noventa) y los celulares eran grandes, pesados e, inevitablemente, notorios, con todo lo que eso implica. Acepto, incluso, que he sido algo retrógrado. Hubo momentos en los que un manos libres me parecía presumido e innecesario. Si bien el tiempo me probó lo contrario: tener las manos libres es una ventaja, sin contar con que es obligatorio al conducir; aún tengo algunos de esos prejuicios equivalentes, como el famoso audífono bluetooth, que no deja de parecer más fantoche que útil. Reitero, es un prejuicio de mechudo retrógrado.
     Pero llegó el momento en el que tuve que usar un /(&$% teléfono de esos. Obligado por la empresa en la que trabajaba, me enfundé mi primer celular y con él me inscribí en esa nueva etapa de la tecnología contemporánea. Desde luego, eso incluye todo un nuevo mundo de mensajes, tarjetas, simcards, redes y muchos términos más que sólo nombro por cultura general y no porque los entienda. Yo, a duras penas, conseguía contestar el aparato ese. Sin embargo, el tiempo y la competencia hicieron que la telefonía celular se hiciera más amigable y asequible, hasta que la necesidad inventada se convirtió en una necesidad real. Todos debíamos tener un celular para que nos localicen en cualquier caso.
     Acepto que es difícil luchar contra el retrógrado interno. No es por simple terco ni por torpe (me cuesta infinidades manejar esos bichos), sino porque estas nuevas tecnologías suelen avanzar más rápido que la filosofía y el sentido común. Un teléfono no sirve para comunicarte sino para presumir del dinero que tienes para comprar el modelo más caro y moderno. Vales tanto como tu celular. Y eso sin contar con que ahora el teléfono no sirve, sino que debes tener un blackberry; de otra manera estas "out" o, simplemente, eres un pobre pendejo. Qué decir de esos aparatos que tienen cámara, radio, videograbadora y ni siquiera hacen bien lo que deben: llamadas. Bien lo llamó Juan Villoro: el "ornitorrinco electrónico".
     Y si tanto me quejo, cuál fue la tragedia? Que perdí mi mugre teléfono y con él todos los datos de mis contactos. La vieja costumbre de la libreta con los números de los amigos desapareció. La información que tenía en el coco se fue con la sim y, desde luego, me vi en la penosa obligación de volver a fastidiar a mis amigos para que me mandaran sus números. Pero lo peor no fue eso, sino la horrible sensación de estar veinticuatro horas desconectado, incomunicado, inexistente en el mundo. En épocas pasadas, los amigos lo llamaban a uno a la casa, al trabajo, etc. En el peor de los casos, iban a buscarlo a la residencia. Hoy no. Hoy, si no te encuentran en el celular, no existes. Esa noche se pudo haber caído el mundo y nadie habría contado conmigo.
     He ahí la tragedia, la dependencia de una costumbre ligada a una tecnología ligada al consumismo. Perder el celular es el moderno ostracismo, el destierro virtual. Esas son las nuevas cadenas que nos unen y nos esclavizan a todos.

17 oct 2010

Ciudad de pobres corazones

Cali. El Cali pachanguero, la Cali ají que señala Belarcázar y protejen Cristo Rey y varias cruces. La sucursal del cielo. Sí? Oscuros acordes marcan el ritmo de los pasos. Oídos captan infinita contaminación auditiva. En el éter suenan los compases de una canción que te retrata, Cali, y que no es salsa. En esta puta ciudad todo se incendia y se va, matan a pobres corazones. El periódico matutino sumaba docena y media de muertos, dos niños entre ellos. Un pasquín miserable, que se ufana de tu nombre, se regodea con la foto de uno de los crímenes. El horror hecho tinta y papel, difundido por la radio entre delitos cotidianos, cánticos religiosos y chistes de doble sentido. La herencia de la noche anterior, el pan nuestro de cada día mientras rezamos ante los alimentos que otros no tienen. En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar. No hay tiempo para ello, para admirar la arquitectura narcotraficante, los inexistentes jardines o las vallas con errores de ortografía. Andenes áridos y puntillosos, trampas mortales, laberínticas. Y la calle donde el fluido mecánico aturde, enerva, cega con su nube de hollín y smog irrespirable. Añoramos el tranvía, el trolebús, el metro subterráneo. Pero todavía tenemos la zorra y su estela de cagajón, y supermercados en los semáforos. No quiero salir a fumar, no quiero salir a la calle con vos. No quiero soportar el atafago y el miedo y el calor asfixiante de la ciudad a la que sólo le falta la playa. Aldea global, urbe campesina, pueblo grande, como decían las abuelas. De identidades falsas y contradictorias. San Antonio con marihuana, Chipichape Plaza Shopping y nuestro Trade Center castellano. Mestizaje anodino. No quiero empezar a pensar quién puso la hierba en el viejo cajón. Es mejor no pensar en ello. Ni pensar, ni ver, ni sentir los miles de mendigos, los niños desnutridos, las indígenas migradas, los viciosos infectos, los ancianos averiados, los orates alucinantes, los harapientos, los desposeídos, los ignorados, los que hay que esconder bajo la alfombra o amarrar con cordones de miseria, lejos del horror que causan, cual hiedra venenosa, cual gangrena haciendo fila sangrante en el hospital. Buen día, señora; buen día, doctor. Buen día, ciudad de niños bien, de carros lujosos, de joyas doradas y de mansiones ostentosas. Ciudad cívica de diplomas comprados, de dinero sucio, de empresas fachada, de corruptos, de reinas de belleza y reyes de la coca. Desenfrenos y extremos y niñas con ombligos al aire, pues las caleñas son como las flores, pero eso es otra canción. Vamos todos a cortarnos el cabello como los niños bien. La ropa de marca y las gafas de moda. Todos a la sexta que Caicedo murió hace años! Maldito sea tu amor, tu inmenso reino y tu anciano dolor. Es la noche que fornica con Cali. La noche, niche. La de azotar baldosa, salir a aletear, irnos de rumba sin rumbo. De rumba, carajo, que la vida es corta, como la sexta de neón o la quinta y su añoranza de cabalgata. Y el mito eterno, el del puente para allá, el de la salsa dura y los pantalones brillantes con mocasines blancos. El de las familias a orillas del río con techos de plástico y paredes de cartón. De los entes que como fantasmas salen de los rincones de la noche calmando el hambre con la ley de hierro, fundidos en la oscuridad personificando el horror. Qué es lo que quieres de mí? Qué es lo que quieres saber? Seguridad para las niñas bien y los chicos play. Alejarlos de los espectros afilados que exigen su pedazo de Cali. Justicia, igualdad, oportunidades, trabajo, utopías, ideales, sueños escurridizos que somos incapaces de realizar, de crear, de creer. Sólo concebimos culpas y señalamos iracundos a quienes nos rodean la tranquilidad y los acusamos de todos nuestros problemas, esos prójimos hijos de tu sombra, Cali. Allá corre nuestro estigma con el acero sangrante, la bolsa llena y el corazón vacío.  Víctimas fraternas. Mañana habrá otra noticia. No me verás arrodillado. No me verás arrodillado. Más rápido salen los seis tiros del revólver. El plomo vence al hierro. La cobija nocturna lo cubre todo. Nos permite tomar la ley por la mano, eliminar al que reclama lo que le ha sido negado. Somos la balanza y la espada, la venda y la mordaza. Brazaletes rojos, capuchas negras, el inicuo movimiento de cabeza pagado con dólares, con cheques, con dos papeletas de bazuco. Dicen que ya no soy yo, que estoy más loco que ayer y matan a pobres corazones. Los matan en vida, enjaulados por valores aritméticos cuando ni siquiera alcanzan a contar hasta diez, diez millones, diez mil millones, depende del estrato. Fotos inocentes enarboladas como banderas, mártires de una guerra estúpida, seres humanos convertidos en lucro cesante. Atrocidades que el diccionario apenas consigue describir y que no pasan ni por las mentes bestiales de los diálogos de Páez, digo, de paz. Destruir familias por crueldad, fanatismo y una cifra con siete ceros. Y en medio de todo, nuestra miopía, nuestra inacción. El marasmo, el horror de la insensibilidad. Pero cuando la acera nos quema los pies y el aire enrojece de insania, cerramos los ojos y cantamos calipachanguero, calibuscaunnuevocielo. En esta puta ciudad todo se incendia y se va. Porque Cali es la capital de la salsa, la ciudad donde todo es alegría y rumba. Porque sin rumba no pueden trabajar las prostitutas, los travestis, las líneas calientes, las masajistas, las acompañantes, las universitarias de celular, los strippers de gimnasio, las modelos de academia, las celestinas de conmutador, las secretarias coquetas, los profesores pervertidos, las cirugías plásticas o las francachelas alter party y su ajedrez de alucinógenos. Reinas drag junto a garajes que anuncian la venida de otro rey y se llevan al césar.  Y matan a pobres corazones. Venden el cielo a la ingenuidad, citan libros ilegibles, prohíben y regalan pecados y milagros circenses. Los pobres al paraíso y los ricos a lucrarse con el dinero de los creyentes. Orar, cantar para orar dos veces y pagar para orar cuatro. No me importan tus pecados, Cali, porque tienes cientos de cristos de pastores y camándulas de marfil. Matan a pobres corazones, matan a pobres corazones. Nos matas del alma, ciudad cuna. Nos matas en tu injusticia, en las miradas de tus desamparados, en las piernas de tus meretrices, en las dagas de tus esquinas, en las sonrisas de tus secuestrados, en los diezmos de tus profetas, en los niños de tus semáforos, en la sed de tus viandantes, en el oro de tus asesinos, en la belleza de tus reinas de belleza. Nos matamos del alma en nuestra ignorancia. Morimos una y otra vez en ti, por ti, sin ti, Cali ajena, enajenada, sucursal del infierno, ciudad de pobres corazones.

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